300 sin cinturón

Tengo que reconocer que este verano sentí un ligero estremecimiento cada vez que, al levantar la vista desde el coche, leía esos letreros luminosos en que la Dirección General de Tráfico nos informaba, en tono de advertencia, del número de víctimas mortales que se habían cobrado hasta esa fecha las carreteras españolas desde el comienzo del año: 1710, 1711… Cada día que salía de La Coruña por la avenida de Alfonso Molina comprobaba cómo esa cifra iba en aumento, como un trágico goteo, incesante e inapelable. Pensaba, por un momento, en quiénes serían aquellas personas que habían tenido la desdicha de hacer correr aquel macabro contador. Detrás de cada uno de aquellos números había nada menos que una vida humana y, tras ella, una desgracia: familias rotas, amigos abandonados para siempre.

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Coincidiendo con la campaña que la DGT puso en marcha recientemente para concienciar de nuevo a los conductores sobre la utilización del cinturón de seguridad, se produjo también un cambio en la leyenda de aquellos letreros: trescientas eran, al parecer, de forma aproximada, las personas que murieron desde principio de año sin llevar puesto el cinturón de seguridad en el momento del accidente. Sea cual fuere la causa del siniestro -parece querernos decir la DGT con este mensaje- lo cierto es que hubo un fallo humano, al menos, en cada uno de esos tristes sucesos. Y esto nos debe hacer de nuevo reflexionar sobre la eterna cuestión de quién tiene la culpa de tanto accidente mortal en nuestro país. Asociaciones de automovilistas culpaban, al comienzo del verano, al mal estado de la red viaria y a la falta de agentes de la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil en las carreteras. Sentada la base de que tienen una parte de razón, también es preciso decir que, respecto al primero de los argumentos, cualquiera que haya viajado lo suficiente por Europa -no con el contrato de un paquete de avión más hotel, sino al volante de un automóvil- se dará cuenta de que las medidas de seguridad que ofrecen nuestras carreteras, por regla general, están por encima de la media europea, muy superiores a las carreteras convencionales francesas y, no digamos, las británicas. En cuanto al segundo motivo argumentado, se cae de su peso: si los conductores no tienen culpa, ¿para qué es necesario que la Guardia Civil les vigile? Es cierto que los españoles somos hábiles al volante, luego no es un problema de pericia, en términos generales. Pero a este convencimiento unimos esa tendencia tan nuestra a culpar a otros en un afán por exculpar nuestra propia responsabilidad. Y es aquí donde realmente fallamos: nos falta educación con mayúsculas –esa cuya ausencia se percibe cada vez que vemos un parque lleno de desperdicios, una discusión por una plaza de aparcamiento o una mala respuesta en la cola de entrada a un espectáculo- y, después de ésta, educación vial. Seamos todos más cívicos, más personas, y estaremos dando un paso decisivo para prevenir los accidentes. Hagámoslo por esa persona que, gracias a nuestra prudencia y sentido de la responsabilidad, ya no subirá al marcador de Alfonso Molina.

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