El equívoco laicista

La separación entre Iglesia y Estado, entre el poder espiritual y el temporal, es una novedad cristiana. Así, combatir el cristianismo en nombre de la democracia y la secularización es una incongruencia y un absurdo equívoco que se vuelve contra ellas.

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El laicismo invita a actuar, al menos en la vida pública, como si Dios no existiera. La misma formulación entraña ya la debilidad de la tesis, que no afirma que Dios no exista, sino que propone solamente un “como si”, al que cabría oponer, al menos, un interrogante: ¿y si sí existiera? Pero no acaba aquí la incoherencia. Fundamentar el Estado laico o aconfesional (que no laicista) en el rechazo del cristianismo es lo mismo que privarlo de su origen y fundamento.
 La separación entre Iglesia y Estado, entre el poder espiritual y el temporal, es una novedad cristiana. No existía en los imperios antiguos orientales, ni en Grecia ni en Roma, ni, por supuesto, en el Islam. Estaba ya en el mensaje de Cristo (no sólo en el “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios”, al fin y al cabo, sabio y divino subterfugio para escapar de la trampa de una pregunta capciosa, sino, sobre todo, en la afirmación “mi reino no es de este mundo”), del que pasó a los Padres de la Iglesia y a San Agustín (las dos ciudades).

Pueden encontrar el artículo completo en la columna de Ignacio Sánchez Cámara en La Gaceta.

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