Miedo a la verdad

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Miedo a la verdad. O, mejor, a la Verdad. Los que más pregonan, sermonean y proclaman dulzones axiomas cogidos con alfileres son los que más gritan… porque no quieren que la verdad -la Verdad- se escuche y se les venga todo abajo. Ángel María García Dorronsoro nos lo explica mejor en La Gaceta de los Negocios.

 Miedo no sólo, ni principalmente, por tener asuntos que se prefiere ocultar, si no quizás por un temor que se extiende cada vez un poco más a que los descubrimientos que acompañan a la verdad sean temibles, algo así como si la realidad se presintiese amenazante y la alegría estuviera mejor guardada con una cierta dosis de ignorancia.

Se dice que en esta sociedad el interés por la verdad es un valor muy secundario y decreciente y, sin que se caiga por fuerza en una vida hipócrita, el miedo a que la verdad desilusione o nos inquiete tontamente encoge la fuerza de la vida de la inteligencia y la detiene mucho antes de alcanzar la meta. ¿Seguirá siendo aplicable en nuestro tiempo la conocida frase antigua: “Sólo hay dos clases de hombres, los que temen perder a Dios y los que temen encontrarle” o más bien nos rodea una indiferencia espesa y precavida para lo que no sea el consumo, el bienestar y la autoafirmación?

Chesterton anticipó que cuando se estableciera la libertad religiosa no se podría hablar de Dios. La paradoja. ¿Adivinaba que, cuando cualquier verdad que afectase a la religión tuviese el aval solemne y casi sagrado de lo que debe ser tenido en cuenta por todos, unos pocos podrían impedir que se hablase de Dios en nombre de su credo?

El amor a la libertad de Chesterton, que le llevó a exigirla para poder sonarse a sí mismo, era el que han vivido los hombres comunes con conmovedora sencillez siempre, sin discursos ni leyes; los derechos que protegen a las actividades más elementales le parecían sospechosos, previendo, lo que se ve con frecuencia, que unos cuantos hagan callar a la muchedumbre con instrumentos jurídicos.

Se aprovecha una opinión que supone que el hallazgo de nuevas verdades va alcanzando descubrimientos cada vez más difíciles de entender, casi como en la nueva física en que los resultados son inimaginables y que sólo pueden ser expresados en un lenguaje asequible a un reducido número de especialistas. ¿Será difícil alcanzar la certeza de que Dios existe? ¿La certeza está más cerca del teólogo? La certeza está al alcance de cualquiera; depende de saber desde dónde se mira y hacia dónde está orientada la vida; para algunos la existencia de Dios es imposible de demostrar y para otros, si no evidente, es un hallazgo que comienza en la toma de conciencia de una verdad universal, que habla a todos indistintamente.

¿Quiénes están más seguros de la existencia de Dios? ¿Los más inteligentes, los mas buenos?¿Los más instruidos, los más incultos? Ramiro de Maeztu volvió a la Iglesia desde su anarquismo joven leyendo La crítica de la razón pura, que alejó a tantos de buscar a Dios con la inteligencia, cuando leyó la afirmación kantiana de los juicios sintéticos a priori y entendiendo que existía el espíritu, todo le fue más fácil. E. Anscombe, discípula y albacea de L. Wittsgenstein que publicó sus obras póstumas, encontraba la certeza de la existencia de Dios oyendo hablar a los niños, sin gramáticas, ni reglas ni “tratados”, como Newton, que afirmaba con gran serenidad: “Sí pero el ojo es anterior a la óptica”. R. Bultman trabajó para que quedara claro que de Cristo casi no hay ningún rastro histórico fuera de unas pocas palabras; su discípulo H. Slier se convirtió al catolicismo y, sacerdote, es uno de los teólogos más citados por sus extraordinarias aportaciones a la Teología del Nuevo Testamento.

El carbonero tiene su fe, y el sabio y el ama de casa y el anciano y el niño la suya, superior a las fuerzas del hombre y al mismo tiempo cercana y familiar en la Gracia y nunca “difícil”, con la dificultad, de los famosos enigmas de la historia.

El amor a la verdad está con mucha frecuencia en relación profunda con la fe.

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