¿Queremos buenos ciudadanos? Cuidemos a la familia

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Todos los adultos hemos pasado en una etapa de nuestra existencia por la de la niñez. En ella jugamos, reímos, aprendimos, lloramos… Son pocos los que al poner la mirada atrás, no echan de menos aquel periodo de la propia existencia en el que muy a pesar de las muchas adversidades y estrecheces de la vida jamás dejamos de soñar.
 
Hoy por hoy sigue siendo motivo de desaprobación la esclavitud a la que son sometidos millones de niños en el mundo (sexual, laboral, bélica, etc.).

Hoy por hoy seguimos rechazando el daño físico y moral a los niños en cualquier ambiente en el que se encuentren.

Hoy por hoy continuamos conmoviéndonos con los casos de infantes que mueren de hambre, son explotados, vejados, viven en el abandono o carecen de padres.

Sí, el corazón humano no permanece indiferente ante las atrocidades que contra los niños se cometen.
 
En febrero de 1990 la Organización de las Naciones Unidas regaló al mundo la Convención de los derechos del Niño, un documento que repasaba sucintamente los derechos de los niños de todas partes del mundo y que logró amplia acogida en todos los hombres y mujeres de buena voluntad de los distintos países, credos, ideologías políticas, culturas e idiomas.

¿Qué hizo que ese documento tuviese ese recibimiento? El constatar las muchas injusticias a las que eran sometidos los niños; la conciencia que les decía que el mal no podía seguir así y el desear, buscar, promover e instituir el mismo bienestar en el que vivían muchos otros niños en el mundo.
 
A 18 años de la aparición de dicho documento no se puede ocultar el gran bien que le ha seguido. Ciertamente, aunque ni la violencia y la explotación infantil han desaparecido del todo, sí se ha logrado mitigar en algunas zonas su crecimiento. Pero al repasar la panorámica moral mundial, parece justo y necesario recordar y tener muy presente un punto en el que se ha trabajado poco institucionalmente y que más bien parece descuidado por la mayor parte de los Estados: el tema de la familia como primer grupo fundamental de la sociedad y medio natural para el crecimiento y bienestar de todos sus miembros, en particular de los niños.

Feminidad y masculinidad, vía maternidad y paternidad
 
Siendo la familia el primer lugar donde se aprenden las nociones del mal y del bien, el niño tiene derecho a una madre y a un padre que, unidos, le transmitan esas nociones en la armonía de un hogar. La madre le concede algunos de los rasgos propios de su sensibilidad femenina con ese matiz propio que enriquece su afectividad, apertura al otro, generosidad e interés por los demás. El padre concede al hijo algunas de las características propias de su ser varón como la sana autonomía e independencia, la fortaleza psicológica y la madurez temperamental.
 
¿Parece una actitud benéfica promover acciones jurídicas que lesionen ese derecho del niño a nacer, crecer y desarrollarse en ese ambiente familiar? No, todo apunta a lo contario. Pues eso sucede cuando se aceptan iniciativas como la aprobación de “matrimonios” homosexuales (con la consiguiente pretensión de adopción), el divorcio, la unión libre o, incluso, el aborto. Esto no es un ir en contra del progreso sino estar a favor de él favoreciendo las condiciones de ese primer lugar donde se toma vuelo para seguir progresando: la familia natural constituida por un hombre y una mujer.
 
¿Qué prefieren los niños?

Podemos apelar a la propia experiencia: si tuviésemos la oportunidad de elegir a nuestros padres, ¿quién desearía unos padres divorciados, dos “papás” o dos mamás”, o no saber quién es nuestro padre?

Si queremos de verdad el bien de los niños, si realmente queremos su bienestar, debemos enfocar nuestros esfuerzos a cuidar y defender la familia. En ella se aprenderán otros valores como la responsabilidad, la fidelidad y la perseverancia que lograrán posteriormente que haya menos familias desunidas, que se sea fiel al esposo/a y continúen unidos hasta el final.

Sucedió en un país de Europa. Un niño de 5 años comenzó a manifestar gestos de insuficiencia académica y depresión repentinamente. Al ser atendido por la psicóloga del colegio se descubrió el porqué. Todos sus amigos hablaban de cómo mamá les levantaba, peinaba, preparaba el desayuno y les llevaba a la escuela. Pese a su corta edad, sabía que todos los seres humanos tenemos una mamá pero, raramente él, tenía dos papás…
 
La rica complementariedad que en la unidad dan unos padres a sus hijos es la mayor fuente de bienestar. ¿Queremos buenos ciudadanos? Cuidemos a la familia, ahí está la clave que, además, logrará que todas las demás pestes que amenazan a tantos niños en el mundo disminuya radicalmente. La fuente del mejor bienestar para los niños es la familia.

FUENTE: Jorge Enrique Múgica en ForumLibertas.

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