¿Volvemos a la era del carbón?

Ante el encarecimiento del petróleo y del gas natural, Europa construye nuevas centrales eléctricas de carbón

En estos tiempos de petróleo caro está resurgiendo el recurso al más sucio de los combustibles fósiles. En Europa habrá unas cincuenta nuevas centrales eléctricas de carbón en 2013. Cierto que China y la India están levantando otras tantas por año. Pero que la supuesta vanguardia mundial contra el cambio climático vuelva al carbón es un duro golpe, simbólico y real, al Protocolo de Kioto.

Con el crudo en alza y ya a más de 116 dólares el barril, el carbón resulta, en comparación, cada vez más barato, aunque también ha subido: su precio se ha triplicado en los últimos años. (De todas formas, según un estudio reciente del Deutsche Bank, en términos reales el petróleo no ha alcanzado aún su máximo histórico de 1980, equivalente a 134-150 dólares de hoy por barril, según se tenga en cuenta la inflación, el aumento del poder adquisitivo o el porcentaje del PIB mundial que consume.) Otra ventaja del carbón es su mayor abundancia, pues hay reservas conocidas para 200 años, frente a 50 años las de petróleo. Además, está muy diseminado por el mundo, de modo que no puede haber un cartel como la OPEP que controle la producción.

Estas ventajas del carbón resultan más relevantes ante el fuerte crecimiento previsible de la demanda mundial de energía en los próximos decenios: un 65% hasta 2030, según la Agencia Internacional de la Energía. Si no se reduce la parte correspondiente al petróleo, habría que acabar extrayendo 11.000 millones de barriles más al año.

Muchos países europeos no tienen sustituto claro del petróleo o el gas natural para producir electricidad. En Italia, que renunció por completo a la energía nuclear y tiene la electricidad más cara de Europa, la generadora Enel quiere convertir todas sus centrales de fuel en centrales de carbón. Así, dentro de cinco años la electricidad generada en Italia quemando carbón pasará del 14% al 33% del total.

También para Gran Bretaña el carbón sería una buena alternativa al petróleo. Aunque este país se plantea volver a construir centrales nucleares, las nuevas no llegarán a tiempo de evitar el déficit de producción eléctrica que se prevé a partir de 2015 por cierre de las que habrán llegado al fin de su vida útil. A la vez, Gran Bretaña tiene muchas centrales de carbón viejas, que no más tarde de 2015 tendrán que ser cerradas o transformadas porque no cumplen la directiva europea, en vigor desde este año, que les exige reducir drásticamente la emisión de sustancias contaminantes. Suplir a unas y otras con más centrales de gas natural presenta inconvenientes económicos, por el mayor precio de este recurso, y estratégicos, porque el gas ya proporciona la mayor parte (40%) de la electricidad generada en el país (cfr. The Economist, 5-04-2008).

Las nuevas centrales de carbón son más limpias en un sentido: emiten muy poco hollín, SO2 y NOx. Incluso pueden, como la que está haciendo Enel en Civitavecchia, aprovechar gran parte de los residuos, que sirven para fabricar amoniaco o cemento. Pero no reducen las emisiones de CO2. Esto se confía a una nueva tecnología, aún experimental, de captura y almacenamiento de carbono (CCS), que en vez de liberarlo a la atmósfera lo concentra para meterlo en depósitos subterráneos. La Unión Europea planea doce proyectos piloto de CCS.

Pero aún no se sabe si el sistema funcionará, y todo indica que será carísimo. Un proyecto experimental iniciado en Estados Unidos fue cancelado a principios de año por sobrepasar en muchos millones el costo previsto. Y con tantas centrales de carbón que se abrirán en Europa y en Asia, haría falta que la mayoría tuviesen CCS para no tornar inalcanzables las metas de Kioto. Lo malo es que pocas de las nuevas centrales inauguradas o en construcción en China y la India admiten la CCS. Construir una central preparada para la CCS cuesta un 10-20% más, pero adaptar una no preparada es más costoso todavía.

En las filas ecologistas se lamenta este renacimiento del carbón, que consideran falto de visión a largo plazo. “Es como embarcarse en una guerra sin tener un plan sobre el modo de conducirla”, dice James Hansen, climatólogo de la NASA (International Herald Tribune, 23-04-2008). Y añade: “Necesitamos una moratoria sobre el carbón, con el cierre progresivo de las centrales existentes durante los próximos veinte años”. La cuestión es si países como Italia, Alemania, España… podrían adoptar una moratoria sobre el carbón sin levantar la que impusieron a la energía nuclear.

FUENTE: Aceprensa.

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