La verdad oculta sobre la economía española actual

Con pocos días de diferencia dos personas muy distintas, el economista jefe del Fondo Monetario Internacional, Olivier Blanchart, por una parte, y George J. Borjas, catedrático de Harvard experto en inmigración, han expuesto con claridad y con sinceridad dos verdades que explican la situación española sin ocultarla bajo la cortina de lo políticamente correcto.

El primer técnico del FMI expone que la crisis en la que ha entrado España será de larga duración porque para salir de ella es necesario reestablecer la competitividad que se ha perdido y ganar en productividad, y eso es difícil, lento e incluso de resultados inciertos. Blanchart advierte que a Alemania le ha llevado diez años remontar la situación en la que entró en 1994, y claro, nuestro país no es Alemania; y advierte también que en Portugal, el proceso dura ya seis años y que el avance es muy limitado puesto que su competitividad apenas sí ha mejorado. Durante demasiado tiempo la economía española se ha fundamentado básicamente, y esto es sobradamente conocido, en la construcción y el consumo interior, y ahora es necesario buscar qué puede suplir a estos motores. Y esta es la dificultad. Cualquier promesa de que esto va a ser corto y suave, cualquier afirmación que a base de los nuevos ministerios y las nuevas políticas tecnológicas e industriales, España va a cambiar el modelo a corto plazo, es falso. Y lo primero que deberían hacer los responsables sociales y políticos es explicar con claridad dónde estamos. El problema es que al hacerlo deberán exigir al mismo tiempo que los de siempre, es decir los asalariados, los pequeños empresarios y los trabajadores autónomos, se aprieten el cinturón de sus ingresos para ganar en productividad y competitividad. Y claro, esto sonará a escarnio cuando quienes más se han beneficiado de los años de bonanza no han sido ellos sino unos pocos que configuran la superclase financiera del país, estrechamente aliada con el gobierno. Recordemos que España es el único país de la OCDE en el que la masa salarial ha retrocedido su participación en la riqueza del país, disminuyendo del 55% al 46%, y en esta lista hay estados como Méjico o Chile, es decir bastantes otros que no corresponden a Europa. Estos nueve puntos porcentuales de diferencia han ido a beneficiar a grandes fortunas y, hay que decirlo, a los ingresos del propio estado, sin que esto último tuviera efectos redistributivos. Resulta por consiguiente, justificable, que ahora, con una inflación disparada y un paro creciente que reduce los ingresos de los hogares, a los de siempre se les pida que además cobren poco. Tampoco ayuda el que a diferencia de Francia, Italia o de Alemania (gobiernos de la “derecha”) el Gobierno español no articule ni una sola medida para corregir la desigualdad o para contener los precios. La política española en este sentido es ferozmente reaccionaria, aunque sus autores se autoetiqueten de socialistas

Borjas, el catedrático de Harward experto en inmigración, afirma algo que la economía española demuestra como un paradigma, aun que él se refiera a EEUU y a un efecto general de la inmigración en la mayoría de países. En contra de lo que vende la política oficial, la inmigración tiene serias contrapartidas que ya estamos pagando. Significa de entrada una subvención a las clases altas que pueden beneficiarse de una aportación masiva de mano de obra barata y castiga a los sectores asalariados en tres planos distintos. Uno, presionando a la baja los salarios en aquellos sectores donde los inmigrantes pueden competir. Cuando se afirma en muchas ocasiones que no se encuentra gente para trabajar, en realidad lo que se está diciendo es que no se encuentran trabajadores al precio que se desea pagar, que es algo muy distinto. El segundo plano, estrechamente relacionado con el anterior, es que la inmigración, cuando es masiva desincentiva la productividad. La disponibilidad de mano de obra abundante y barata hace mucho más rentable el utilizarla que no el buscar soluciones ligadas a la tecnología. Como dice el profesor Borjas, en EEUU importan mejicanos y en el Japón invierten en robótica. La tercera consideración es que la inmigración comporta una degradación de servicios básicos. Es lo que está sucediendo con la sanidad y, en menor medida, con la escuela (porqué no es exacta la ecuación que vincula la crisis del sistema público de enseñanza a un único factor basado en el inmigrante, éste tiene un efecto pero ni mucho menos tan determinante como se pretende) ¿Significa todo esto demonizar a la inmigración? No, claro que no, porque también posee efectos positivos y beneficiosos. Representa solamente tener claro cuáles son sus contrapartidas para poder actuar de una manera racional. Por otra parte la inmigración, como afirma el Catecismo de la Iglesia católica, es un derecho. Todo el mundo debe poder tener la oportunidad de buscar una vida mejor en otra parte. Pero al mismo tiempo, el mismo Catecismo recuerda que también es un derecho poder continuar viviendo en el propio país. En otras palabras, la solidaridad con los inmigrantes, que es una exigencia, no debe reducirse a un debate sobre la inmigración, ni ella puede constituir el único o el principal motor de la justicia, porque permite encubrir con facilidad esta otra injusticia que constituye la transferencia de rentas a las clases altas -la beneficiadas- a expensas del deterioro de la mayoría. Y, sobre todo, porque la respuesta óptima es aquella que ayuda al desarrollo de los propios países haciendo innecesaria o mínima la emigración. El derecho a vivir en el propio país es el primero, y la emigración en todo caso una opción, pero no una necesidad para sobrevivir.

FUENTE: ForumLibertas

3 comentarios

  1. amigos si quereis soluciones politicas mirad esta pagina bien saludos cordiales y hasta pronto!!!

  2. Gracias por tu aportación, Josemary

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