Los hijos y la crisis del bienestar que se avecina

Existe una cultura antinatalista que ha prendido con fuerza en la sociedad española.

El embarazo, la maternidad, es vista como una carga, y el feto -por esta razón- se ha visto reducido progresivamente a un “nada”, una “cosa” que no merece la condición que realmente posee, la de ser humano.

Esta actitud se manifiesta, de muchas maneras. El aborto generalizado es una de ellas, el reducido tamaño de las familias es otra, como lo es el espectacular crecimiento de las vasectomías.

El resultado será la crisis a medio plazo del sistema de bienestar y de la economía.

Hay otra actitud que resulta opuesta que siendo mejor también posee efectos que no son deseables.

Es el caso extremo de la mujer soltera, divorciada o viuda, que con independencia de su edad, generalmente de 40 años para arriba, se empeña en ser madre sin tener pareja, utilizando para ello la inseminación artificial.

En este caso, la vocación de la maternidad puede experimentar una desviación: la de considerarla solo en relación a si misma, sin pensar que su principal deber es velar por las condiciones que deben presidir la vida del hijo.

De entrada se le niega al niño el hábitat propio donde puede desarrollarse con plenitud, el de la unidad padre – madre, la pareja humana.

Existe toda una cultura que ha llevado al absurdo de considerar que no tiene ninguna importancia precisamente algo que es básico, porque la capacidad de educar y acoger está basada en la complementariedad entre los dos sexos.

Es como si el padre o la madre, según los casos, fueran perfectamente prescindibles. Y no es así. La gran cantidad de literatura científica que señala los riesgos de la falta de uno de los progenitores es abrumadora, pero no parece importar.

Hay que subrayar que una cosa es verse abocado por las circunstancias a quedarse sola con el hijo o los hijos, y otra muy distinta, diseñarse un futuro, acudir a la inseminación artificial, es decir elegir voluntariamente este modelo.

Cuando se decide libremente, se está supeditando el futuro del niño al deseo de ser madre y esto es, en último término, la negación del espíritu de la maternidad, que como en el caso del padre, debería estar presidido por la donación gratuita al hijo. Es en este don donde los padres encuentran la recompensa y no en el simple hecho de tener al hijo.

Cuando a esta situación, se le añade una actividad profesional competitiva y desbordante, sin horarios, el efecto negativo alcanza niveles extraordinarios.

También en este caso se olvidan los estudios que señalan que la capacidad educadora de los padres está en función directa del tiempo de dedicación real y diaria que otorgan a los hijos desde el momento que estos salen de la escuela.

Si existe la pareja, uno por el otro puede realizar la función, cuando solamente se da el padre o la madre aislada todo se vuelve mucho más difícil y deviene imposible si practica la ocupación absorbente.

La sociedad española necesita recuperar el sentido normal, ecológico, natural del ser padre y del ser madre, del papel de la pareja humana, y para que ello sea posible es imperativo que las leyes les restituyan su pleno sentido.

Se podría apelar a razones morales y religiosas para propugnar este cambio. No es necesario. Podemos movernos más a ras de suelo.

Todo lo expuesto daña a dos capitales básicos para el desarrollo y el bienestar social: el capital humano y el capital social. Si esto no importa es que se ha perdido la capacidad de construir nuestro bien colectivo.

FUENTE: ForumLibertas.com.

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