¡No es la inmigración, es la natalidad!

 

En nuestro país el debate sobre la inmigración constituye un tema principal de la vida política y de la propia sociedad. Sobre este fenómeno tan reciente y tan agudo existen posiciones distintas que van desde el blanco más impoluto al negro más tétrico.

Después sucede que tanta preocupación no se traduce en la existencia de políticas inmigratorias suficientemente adecuadas, aunque debe subrayarse que se ha avanzado en este terreno.

No pretendo discutir la importancia que posee lo que está sucediendo pero sí deseo apuntar que existe un tema previo mucho más vital que entre unos y otros contribuyen a ocultar.

El problema fundamental de este país no es la inmigración sino la falta de natalidad. El futuro a largo plazo es absolutamente inviable, con una natalidad que se sitúa como mucho en el 1,4 niños por mujer en edad fértil, y esto todavía considerando que la población inmigrante, a pesar de solo representar el 11% de la población, ha dinamizado los nacimientos.

Pero evidentemente ni el 11 ni el 15 ni el 20% puede corregir los déficits del 80 o 90% restante.

La idea de que la inmigración suple la natalidad es demográficamente falsa, económicamente irrazonable, socialmente peligrosa y moralmente perversa.

Las causas que nos van a destruir como país a causa del gran envejecimiento y la ausencia de niños son múltiples.

Existe una cultura antinatalista creciente que encuentra en el embarazo una molestia. Las empresas por su parte, en gran número, hacen lo posible para fastidiar a la mujer embarazada. Todos los matrimonios saben las dificultades que encierra tener un hijo y afrontar sus tres meses de vacaciones escolares. O lo que sucede cuando el niño enferma, no se le puede llevar a la guardería y la pareja trabaja.

Los empresarios y los políticos claman por una mayor tasa de actividad femenina, pero al mismo tiempo aumentan las dificultades para vincular trabajo y maternidad.

Pero una de las causas cada vez más determinante es el aborto. Los trabajos que venimos realizando en el Instituto del Capital Social (INCAS) de la Universidad Abat Oliba-CEU, lo constatan.

Por ejemplo en el 2020, en el inicio de la gran crisis de población, el aborto habrá laminado el 18% de la población española. En el 2060 el porcentaje aumentará a un casi increíble 40%.

Esto es debido a que cada persona que no nace significa una pérdida en si misma y además cuando el feto es el de una mujer, una pérdida de capacidad reproductiva cuyos efectos se multiplican a largo plazo. A pesar de ello esta cuestión no parece interesar a nadie.

En el Congreso del PP el silencio sobre este hecho ha sido clamoroso, siendo España el reino de la ilegalidad en este campo.

En el caso del gobierno es algo distinto: ha decidido blindar precisamente la práctica de la ilegalidad con nuevas normas que impidan las investigaciones que en cualquier otro caso delictivo serían normales.

El por qué una sociedad es capaz de caminar hacia su autodestrucción con la decisión que lo hacen algunos, y la indiferencia que practican otros, resulta difícil de entender, aunque bien mirado quizás sea la constatación de aquello que decían los antiguos de que los dioses ciegan a quines desean castigar.

FUENTE: Josep Miró i Ardèvol en ForumLibertas.com.

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