Proyecto Gran Simio: estamos perdiendo hasta el sentido antropológico

Al tercer intento, una comisión del Parlamento español ha aprobado una moción, presentada por un diputado de Izquierda Unida, a favor de que el país se adhiera oficialmente al Proyecto Gran Simio (PGS), una propuesta de extender nuestra “comunidad de iguales” a chimpancés, orangutanes y gorilas. Como, según dicen los promotores, esos animales poseen unas “facultades mentales” semejantes a las humanas, así como una “vida social y emocional rica y variada”, merecen que se les reconozca unos “derechos morales fundamentales, que se pueden hacer valer ante la ley”.

En la anterior legislatura, dos mociones similares no salieron adelante porque –dicen los mismos partidarios del PGS– se tergiversó la iniciativa presentándola como si fuera una pretensión paradójica de otorgar “derechos humanos” a los animales, y se hizo burla de ello. Esta vez, los proponentes pusieron cuidado en subrayar que en absoluto se trata de eso, sino de “hacer todo lo posible por conservar una especie”.

Pero la moción aprobada no se limita a eso. Ante todo insta a “adecuar la legislación española a los principios del Proyecto Gran Simio”. En consecuencia pide prohibir la “experimentación o investigación cuando ello pueda producir daño a los simios y no redunde en su beneficio”, así como “la tenencia con fines comerciales o en cualquier tipo de espectáculo”. También propone definir “un tipo penal agravado para los casos de comercio, tenencia ilegal o maltrato de simios”. Finalmente, demanda que el gobierno promueva ante los organismos internacionales medidas para proteger a los grandes simios del “maltrato, la esclavitud, la tortura, la muerte y la extinción”.

Barrera infranqueable

El mayor problema de esta iniciativa parlamentaria es que cuando se toman realmente en serio los principios del PGS, se cae en el ridículo. Lo explica con acierto Leopoldo Prieto López en su reciente libro El hombre y el animal.

El PGS es idea, principalmente, del filósofo australiano Peter Singer, quien la expuso en la obra programática del mismo nombre. En ella se contiene la “Declaración sobre los grandes simios”, que señala: “El objetivo de toda nuestra empresa es establecer de nuevo el estatuto moral de los chimpancés, los gorilas y los orangutanes, y la aceptación en calidad de persona de algunos animales no humanos”. La razón es que, a la vista de los conocimientos científicos sobre las facultades de esas especies, “la barrera moral que trazamos entre nosotros y ellos es indefendible”. Por tanto, el PGS exige que se reconozcan para los simios tres “principios o derechos morales fundamentales”: a la vida, a la libertad y a no sufrir tortura.

Pero la barrera indefendible se muestra a la postre infranqueable aun para los firmantes de la Declaración. Como señala Prieto López, si se admite de verdad que los simios forman con los humanos una “comunidad de iguales”, se ha de llevar todo eso a las últimas consecuencias. La defensa jurídica del derecho a la vida supondría no solo, como pide la iniciativa del Congreso español, castigar más duramente al humano que mate a un simio, sino además juzgar y condenar a los simios que maten a otra “persona”, humana o simiesca. Pero ¿en serio creen los del PGS que se puede exigir responsabilidades penales a un animal?

Parece que no, por lo que dicen en el punto sobre la privación de la libertad de los miembros de la comunidad de los iguales. “La detención de quienes hayan sido condenados por un delito, o de quienes carezcan de responsabilidad penal, solo se permitirá cuando pueda demostrarse que es por su propio bien, que resulta necesaria para proteger al público de un miembro de la comunidad que claramente pueda constituir un peligro para otros si está en libertad. En tales casos los miembros de la comunidad de los iguales deben tener derecho a apelar ante un tribunal de justicia, bien directamente o, si carecen de la capacidad necesaria, mediante un abogado que los represente” (la cursiva es nuestra).

Uno se imagina despachos de abogados especializados en defender a simios. Pero no los habrá, porque nuestros iguales tendrán que recurrir al turno de oficio.

Para tratar bien a los animales

El tercer derecho fundamental, la prohibición de la tortura, conduce a aporías semejantes. “Se considera tortura, y por tanto es moralmente condenable, infligir dolor grave, de manera deliberada, a un miembro de la comunidad de los iguales”, etc. ¿Qué condena moral impondremos a los simios que hacen daño a otros? ¿Cómo les notificaremos la prohibición legal de torturar? ¿Cómo probaremos su intención dolosa si la incumplen? Volvemos a comprobar que la supuesta comunidad de iguales no es tal, pues las determinaciones jurídicas de los principios que la afirman solo pueden afectar a los hombres, únicos seres sobre la Tierra con responsabilidad moral, a los que se puede mandar y prohibir.

Cosa que siempre ha sido generalmente reconocida y no ha impedido exigir (a los humanos) el deber moral y aun legal de tratar bien a los animales. Esto resulta aún más claro para quien los considera, juntamente con los humanos mismos, criaturas de Dios. Así, la crueldad con los animales no es una violación de un derecho subjetivo de ellos, pero supone un desprecio que degrada al hombre que la comete y ofende al Creador, señor de los hombres y de las bestias (cfr. Catecismo de la Iglesia católica, nn. 2415-18).

Peter Singer no comparte esas ideas. Su llamada en favor de los grandes simios se basa en que les atribuye un grado de conciencia, una vez que llegan a tenerla. Por eso, él niega expresamente el derecho a la vida al bebé de pocos días, porque lo considera sin conciencia, a diferencia de un animal superior más crecido. Alguien debería advertir a los simios que Mr Singer no les defenderá contra el infanticidio.

FUENTE: Rafael Serrano en Aceprensa.

6 comentarios

  1. Interesante post. Hombre, yo creo que no hay que llevar las cosas hasta los extremos, nunca es bueno. Está bien defender las especies animales, pero todo tiene que tener su sentido y no desmedida.

  2. Gracias por tu comentario, Gema.
    ¿A qué tú no te identificas con el orangután de la foto?
    Saludos.

  3. Pues no… humildad a un lado, puedo decir que soy más guapa… aunque el orangután tiene una caída de ojos muy sensual!!! je, je.

  4. El ADN de los grandes simios

    Las especies de homínidos más próximas al hombre son básicamente las cuatro ya mencionadas: el orangután, el gorila, el chimpancé y el bonobo.

    De entre estas especies la más alejada filogenéticamente es el orangután Pongo pygmaeus, que habita en las selvas húmedas de Indonesia y Malasia (Asia). Al comparar las secuencias del ADN de los orangutanes y el hombre se aprecia un 96,4% de similitud. Lamentablemente casi el 80 % del área de distribución de esta especie ha sido destruida por el hombre en los últimos 20 años, de modo que actualmente sólo quedan unos 35.000 ejemplares en libertad, la mayoría en la isla de Borneo.

    La siguiente especie en orden de proximidad es el Gorila Gorilla gorilla, que vive en las selvas húmedas de montaña o tropicales de llanura de Ruanda, Uganda, Congo y Tanzania, extendiéndose hasta la costa de Camerún y Gabón. El grado de semejanza del ADN del gorila y humano es del 97,7%. Se supone en torno a los 100.000 ejemplares en libertad.

    La tercera especie la constituye el chimpancé Pan troglodites, que es la especie de simio más extendida y en menor riesgo de extinción. Habita en las selvas tropicales y en las sabanas húmedas de todo el cinturón centroafricano. La similitud del ADN de chimpancé y humano es del 98,4% y la población libre de esta especie se calcula en torno a los 150.000 ejemplares.

    Finalmente, se incluye entre los grandes simios al bonobo Pan paniscus, un pequeño chimpancé del que sólo existen ejemplares libres en el Congo por lo que se considera que es la especie en mayor riesgo de extinción entre los grandes simios. El grado de semejanza con el ADN humano es similar al del chimpancé y se supone una población libre de unos 15.000 ejemplares en su hábitat natural.

    En septiembre de 2005 se publicó en la revista Nature y en otra serie de medios científicos de comunicación, un análisis comparativo del ADN de parte del genoma del hombre y el chimpancé, en el que se señalaba que las diferencias se reducen a menos de un 2%. Trabajos posteriores sobre el genoma de los grandes simios corroboran que el porcentaje de similitud del ADN humano y los restantes homínidos es muy alto, en torno o por encima del 95%. Sin embargo, la similitud del ADN no debe entenderse en la dirección de minimizar las enormes diferencias que existen entre el hombre y los primates más próximos y en lugar de fijarnos en el porcentaje del ADN coincidente, lo que interesa conocer es la trascendencia de las diferencias. De este modo, el análisis comparativo del genoma humano y el chimpancé, las especies de homínidos más próximas entre sí, ha revelado la existencia de unos 35 millones de mutaciones puntuales de simples cambios de bases nucleotídicas en el ADN (SNPs), además de no menos de 5 millones de diferencias por inserciones o pérdidas de bases nucleotídicas (indels) en el ADN, junto con un número significativo de cambios cromosómicos acumulados durante los seis millones de años de evolución divergente (en realidad 12 millones de años si tenemos en cuenta que ambas líneas evolucionan de forma independiente).

    El caso es que las diferencias en el ADN implican diferencias en las proteínas que codifica el ADN y las diferencias en las proteínas, no solo en su estructura sino especialmente en su función, tienen sus consecuencias, que son las que se traducen en las diferencias físicas y de comportamiento. De hecho hay unos 3 millones de pequeñas diferencias en el ADN que pueden afectar a numerosas funciones vitales. El análisis comparativo demuestra que no es tan importante la estructura del ADN como los cambios en el uso diferencial en tiempo e intensidad de una información común, debido fundamentalmente a las pequeñas diferencias en el ADN que afectan al silenciamiento o potenciación de la expresión de los genes y al momento a lo y lugar del organismo en que se expresan. De este modo, las aparentemente pequeñas diferencias de cambios de base en los genes homólogos son tan importantes que suponen diferencias superiores al 80% de las proteínas que codifican.

    Es interesante añadir, que los investigadores dedicados al análisis genómico de estas especies han descubierto que algunas clases de genes han cambiado inusualmente más deprisa en la línea evolutiva del hombre y del chimpancé que en las demás especies de homínidos, y algunos incluso han mostrado un ritmo de sustitución de bases nucleotídicas más acelerado en el hombre que en el chimpancé. De este modo, entre los genes de evolución humana acelerada se encuentran algunos de funciones tan importantes como los implicados en la capacidad de emitir sonidos y de hablar, la transmisión de las señales nerviosas, la producción de esperma y la síntesis de proteínas de membranas celulares, como algunas implicadas en el transporte celular de iones. La trascendencia de cada uno de estos cambios es fundamental para el grado de especialización evolutiva al que ha llegado cada especie.

    Los investigadores sospechan que la evolución rápida de muchos de estos genes puede haber contribuido a las características especiales del hombre respecto a las restantes especies de primates. De este modo, el análisis del genoma humano ha desvelado la existencia de un gen muy importante en la evolución humana, denominado FoxP2, que existe en los demás animales superiores investigados, pero que parece mostrar una rápida evolución en la línea evolutiva que ha conducido al hombre moderno. Este gen codifica una proteína que funciona como un factor de transcripción, es decir una proteína que interviene en la expresión de otros genes, entre ellos algunos que tienen que ver con el lenguaje y otras funciones cerebrales [6]. El estudio de la secuencia del ADN del gen FoxP2 muestra un ritmo más acelerado en el reloj molecular que conduce al hombre en los últimos 200.000 años [7] que en millones de años de evolución anterior. Con una coincidencia en la secuencia del ADN del gen próxima al 100%, el hombre dispone de una proteína FOXP2 distinta en tan solo dos aminoácidos (del total de 715) respecto al resto de los grandes simios. Tan exigua diferencia a nivel molecular supone nada menos que la capacidad de hablar y como consecuencia la adquisición de las habilidades de comunicación y creatividad propias del hombre moderno. La capacidad de comunicación por medio de un lenguaje articulado es requisito para el desarrollo del razonamiento abstracto, la inteligencia y la transmisión de experiencias, al margen de los genes.

    En conclusión, el dato del porcentaje de coincidencia en las secuencias del ADN es menos importante que la repercusión de los pequeños cambios en el cómo, cuando y con qué intensidad funcionan los genes, para cuya variación basta a veces un mínimo de modificaciones de una o unas pocas bases nucleotídicas en el conjunto de los varias decenas o centenas de miles que configuran cada gen.
    De http://www.elmanifiesto.com

  5. Impresionante el derroche de ciencia. A lo que expones, Juan, sólo tengo que añadir una cosa, que para mí es la fundamental: nos diferencia de los simios que nosotros tenemos alma y ellos no. Eso nos da la posibilidad de amar -y de ser felices con ello-, que jamás tendrá ningún animal, por muy parecido que sea su cuerpo al nuestro.
    Un saludo.

  6. Gema: por la foto, corroboro que eres bastante más guapa. No era inmodestia por tu parte.
    Saludos.

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