El Ejército Español

A pesar de su importancia e interés evidente, el Ejército no es un tema que traten con un mínimo de asiduidad los medios de comunicación. Tampoco los políticos parecen interesados en él, excepto cuando se produce la necesidad de tramitar una ley.

Es muy posible que aun vivamos, en este caso concreto, en una inercia del franquismo, donde el Ejército era uno de los tabúes de mayor dimensión.

Pero las Fuerzas Armadas de una sociedad democrática son una prolongación de ella misma, regidas por personas que tienen una profesión especialmente delicada, porque saben que la misma puede llevar implícito algo que no es habitual: la necesidad –en casos extremos- de sacrificar su propia vida.

En último término es esto lo que en teoría define la vocación y la profesión militar. Si tal requerimiento desaparece, con él lo hace el Ejército, porque además de armas, tecnología, entrenamiento, hay una cuestión esencial relacionada con el espíritu y la voluntad de defenderse, de combatir.

La recién estrenada película sobre Che Guevara pone de relieve que la fuerza de los revolucionarios no radicó tanto en el número y en material como en la debilidad del espíritu militar de las fuerzas regulares de la Cuba de Batista. Es un fenómeno que en la historia se repite.

España es la octava, quizás novena, potencia del mundo, depende de tipo de medida del PIB utilicemos, pero el Ejército español no ocupa ni de lejos esta posición en el ranking.

El gasto militar es reducido en comparación con la media europea que, a su vez, es modesta. No es muy numeroso pero esto no tendría mayor importancia si su capacidad operativa fuera grande. Pero no es así. A pesar de que todo él es profesional, las unidades con capacidad de intervenir adecuadamente equipadas en un periodo de tiempo relativamente corto son reducidas.

Siendo un ejército de profesionales su caracterización cada vez le ha alejado más del sentido de la milicia, y la profesión tiende a convertirse en algo semejante a cualquier otra que se desarrolla en el ámbito civil.

Una gran parte de los soldados lo son a media jornada; van al cuartel, se cambian, hacen un horario de jornada intensiva, vuelven a cambiarse y se marchan a su piso alquilado. A diferencia de otros países es difícil ver un uniformado por la calle. Desde el punto de vista de su visibilidad social el ejército no existe. No es un detalle menor.

El discurso gubernamental ha tendido a acentuar esa profesionalización no militar derivándola hacia una especie de ONG. La publicidad para reclutar nuevos efectivos se plantea sobre todo en estos términos y evita cuidadosamente aquello que debería ser consustancial: la aventura, el combate y el riesgo. Quienes se apuntan, ¿tienen en cuenta estos factores, o simplemente lo ven como una actividad como otra cualquiera?

¿Puede afectar esto al espíritu militar y por lo tanto a su rendimiento real como fuerza armada? Esto es una caja oscura que en una sociedad democrática debería abrirse.

El hecho de que el centro de atención, de un tiempo a esta parte, sea desplazado sobre aspectos que son accesorios en un ejército normal, como la nueva unidad para intervenir en catástrofes (que es digámoslo de paso, un error conceptual dado que serían las unidades normales del ejército las que deberían tener esa capacidad en el ámbito de la ingeniería, las comunicaciones, la sanidad, la vigilancia etc.) acentúa la dimensión no militar.

Un soldado no es un bombero, de la misma manera que éste no es un militar. Cuando estos conceptos se difuminan se puede dudar razonablemente del sentido del ejército.

La acentuación del papel de la mujer en las fuerzas armadas, dentro de la ideología de género que enmarca la política del actual gobierno, se ha concretado en una reciente y cara campaña publicitaria. Toda ella prioridad, coste, enfoque es un indicador más de esa instrumentalización del fin del ejercito a otros cometidos, la ayuda solidaria, la igualdad en la perspectiva de género.

En aquel caso concreto además debe subrayarse que la proporción de mujeres en el ejército español es comparativamente elevada, y en este sentido, no necesita ser incentivada. No constituye una de las carencias importantes. Más allá de ella es necesario apuntar que deberían existir dudas razonables sobre la presencia de la mujer en unidades de choque. Esta es una restricción común a las fuerzas armadas que tienen experiencia de combate.

Israel, un país con una población reducida, y por desgracia con muchos años de conflictos bélicos a sus espaldas, con una participación muy importante de la mujer en el ejército, nunca las ha situado en unidades de aquellas características como sí se hace en España.

En definitiva, son muchos los indicios económicos, organizativos, de naturaleza y formación, de sentido incluso, que afectan al ejército español y que, por consiguiente, son de interés para una sociedad civil que pretenda tener una responsabilidad cívica de sus actos. El silencio y el conformismo no es la mejor manera de manifestarla.

FUENTE: ForumLibertas.com

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