El término “laico” entra en la ciudad cristiana con el primer Papa. En su Primera carta (2, 9), San Pedro escribe que todos los cristianos constituyen una “nación santa”, un “pueblo adquirido en propiedad”, sin distinguir entre laicado y clero, aunque esta distinción se introducirá pronto en la Iglesia. Ya Clemente I, al final del siglo I, en su escrito De hierarchia et statu laicali, considera “laicos” a los cristianos que no son “presbíteros”: son simples fieles y no parte escogida (klerós), como los sacerdotes, y tienen obligaciones diversas.

Más tarde, cesadas las persecuciones y convertido el cristianismo primero en religión tolerada y luego protegida por el Estado, esta estructura bipolar de los cristianos (estructura, no simple función, en cuanto el sacramento del Orden produce un cambio ontológico indeleble), se acentuará junto con el fortalecimiento de la institución eclesiástica, jerárquica: los laicos se contraponen a los clérigos o a los religiosos, que tienen no sólo deberes, sino también privilegios diversos (privilegia clericorum), como el de un fuero reservado.

El cesaropapismo no es occidental

Laicado y clero, por tanto, son dos categorías internas dentro de la más amplia de “cristiano”. No existe oposición entre ambas, en el sentido de que hay cristianos laicos y cristianos sacerdotes. El hecho de que, después, surjan conflictos entre poder eclesiástico y poder temporal, como entre los Papas y los emperadores alemanes o el rey de Francia, pertenece a una dialéctica inevitable de la historia. Pero testimonia también la laicidad de la tradición europea. Frente a la doctrina asiática, derrotada por la Grecia laica en las guerras persas, Europa propone regímenes que rechazan la unidad de los dos poderes. Ambos son distintos y autónomos, cada uno en su propio orden: si hay dos espadas, resulta imposible que pueda empuñarlas una sola mano, como dirá el Papa Gelasio al final del siglo V, aunque afirmando la superioridad del poder espiritual sobre el temporal.

El cesaropapismo no es occidental, sino oriental. La teocracia es cristiana en el sentido religioso del “poder sacro”, en cuanto toda autoridad proviene de Dios (cfr. Rm 13, 1), pero no como subordinación del poder temporal al clero. Incluso Papas, como Gregorio VII, Bonifacio VIII o Inocencio III, que fueron considerados “Papas teocráticos”, actuaron dentro de aquella “diarquía sociológica” que Luigi Sturzo, frente al modelo cesaropapista, llamó “tipo organizativo latino”, y que se sustenta en dos principios: la independencia de la Iglesia respecto del poder político y el fundamento religioso de la unidad eclesial.

Tocqueville ya lo vio

Resulta útil relacionar la afirmación de Sturzo sobre la imposibilidad de una teocracia en Occidente con las abundantes referencias de Tocqueville a un país nacido protestante, no católico: los Estados Unidos de América. En La democracia en América (II, 1, 5), describe cómo la religión sabe servirse en Estados Unidos de los instintos democráticos. Está convencido de que no puede haber democracia donde la religión coincide con la política, ni donde la política rechaza la religión.

La referencia obligada es el islamismo, del cual muestra que no es conciliable con la democracia: “Mahoma hizo bajar del cielo, e incluyó en el Corán, no sólo doctrinas religiosas, sino máximas políticas, leyes civiles y penales, teorías científicas. El Evangelio, en cambio, sólo habla de las relaciones generales del hombre con Dios y con los demás. Fuera de esto, no enseña nada ni obliga a creer nada. Bastaría, entre infinitas razones, para indicar que la primera de estas dos religiones no podía durar mucho en épocas culturalmente iluminadas y democráticas, mientras la segunda está destinada a reinar en aquellos como en otros tiempos”.

La superioridad del cristianismo respecto de las demás religiones es su laicidad, que nace unida a la revolución de Jesús de Nazaret, con su distinción entre Dios y el César (cfr. Mt 22, 21; Mc 12, 17; Lc 20, 23), que rechazaba la sacralidad antieuropea del poder político, que el Imperio romano había copiado de las satrapías orientales (evidente anticipación del totalitarismo comunista).

Doble ciudadanía

Pablo de Tarso rechazaba, con la doctrina de la “doble ciudadanía” (cfr. Hb 13, 14; Fil 3, 20), la identificación entre sociedad religiosa y sociedad política (y esto explica por qué un pueblo como el romano, que era tolerante con todas las ideas religiosas, pero afirmaba la estrecha unidad de política y religión, perseguiría a los cristianos: porque eran “laicos”).

Esta laicidad cristiana se reafirmó en la Constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, después de siglos en que la distinción se había olvidado en gran medida: “la comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno” (expresiones semejantes figuran en el art. 7 de la Constitución de la República italiana). Y esto significa que, como el Estado no debe proteger ni perseguir a ninguna religión, sino sólo asegurar a cada ciudadano la libertad de profesar su propio culto, tampoco la Iglesia puede tener ninguna potestas in temporalibus, ni directa ni indirecta, aunque nadie le pueda impedir, como a cualquier otra sociedad de ciudadanos, una potestas dirigens.

Una nueva religión laicista

¿Significa acaso que las Iglesias deban callar sobre lo que sucede en el terreno político y sobre las decisiones de los gobernantes de una nación? ¿La llamada “indiferencia política” (Rosmini) de la Iglesia exige el silencio circa temporalia? Era la pretensión de Hitler y de Stalin. Y es hoy la tentación totalitaria del laicismo, que una sociedad laica y liberaldemocrática debe rechazar. Si todo Estado democrático intenta realizar en el mejor sentido la propuesta formulada por el católico Montalembert y asumida por el laico Cavour y el católico Minghetti de una “Iglesia libre en el Estado libre”, no se puede prohibir a las iglesias el derecho de enseñanza, de propaganda y de crítica. (…)

El desarrollo de la modernidad acentuó la laicidad europea, en términos anticlericales e incluso antirreligiosos. Aparece en los dos fenómenos de la desacralización de las religiones tradicionales y de la sacralización de la política en clave laica. Si, de hecho, en un primer momento la política se separa de la religión, se convierte luego ella misma en religión, en proyecto de salvación gnóstica, como han mostrado muchos autores. La “laicidad” no se limita a destruir la religión y la Iglesia, según el imperativo volteriano de “aplastar a la infame”, sino que la ocupa y la sustituye no ya realizando una forma de cristianismo purificado, sino una nueva religión laicista, con demasiada frecuencia dogmática e intolerante.

La forma más evidente de esta laicidad clerical es la llamada “religión civil” que, dentro de la transformación protestante de la Iglesia católica en Iglesias nacionales, encuentra en Hobbes sus orígenes, en Rousseau su teórico, y en Hegel la más completa expresión. Abre así la vía al totalitarismo de los epígonos de Marx.

¿Por qué el siglo XX ha sufrido el fenómeno totalitario? Lo han dicho muchos estudiosos: porque a razones socio-económicas se ha unido el declive de la religión cristiana y la consiguiente divinización atea y panteísta del Estado, la crisis de la trascendencia de Dios y de los derechos naturales, que fueron teorizados ya por el primer whig de la historia, santo Tomás de Aquino (así lo llamaba Lord Acton). De acuerdo con una evolución coherente, el laicismo moderno se transforma en religión clerical e integrista.

Europa: laica por cristiana

Sin embargo, estaría injustificado afirmar que el paso de la democracia liberal a la democracia totalitaria (Talmon) y al auténtico totalitarismo sea fatal e inevitable. No es así. Los diversos laicismos modernos se pueden reducir a dos fuentes principales. En el primero, el gnosticismo ateo produce (de puritanos a jacobinos y bolcheviques) la utopía totalitaria, sobre la base de la identidad anticristiana de política y religión. Es la heterogénesis del laicismo: nacido en nombre de la libertad, produce la más completa esclavitud; escéptico frente a la fe, engendra una mística totalitaria; desmitificador de la religión tradicional, inventa una teología mundana aún más mítica, una escatología secularizada con sus dogmas y sus persecuciones, sus altares y sus procesiones, sus fiestas y sus mártires.

Podemos llamar “religión civil” a una primera línea de la laicidad, y “religión en lo civil” a la segunda. Si la primera conduce al totalitarismo, la segunda defiende la democracia liberal, bien contra el comunismo, bien contra su imitación atenuada que es el Estado asistencial o social. Es una línea que, invirtiendo a Hegel, acentúa la distinción y la superioridad de la sociedad civil respecto del Estado, la inviolabilidad de los derechos naturales, la función instrumental de los gobiernos, la limitación y control del poder, incluso la posibilidad de la resistencia.

Esta orientación, de Locke a Kant, de Tocqueville y Rosmini a Sturzo, Einaudi y Croce, rechaza la religión clerical, pero plantea una defensa del ciudadano desde criterios religiosos que protegen la libertad y la propiedad de los abusos del poder. Y cuando se invoca una “religión de la Libertad” (Croce), la quiere exenta de clericalismos, pero no en contraposición con el espíritu de la religión tradicional (…) En ese sentido, escribirá el laico Croce, cuantos vivimos en la estela de la tradición europea, “no podemos dejar de llamarnos cristianos” (1942).

Una plataforma común a creyentes y no creyentes

(…) Sin duda, la reducción historicista de la religión no satisface plenamente al espíritu religioso. Pero no es menos cierto que sólo puede constituir una plataforma laico-religiosa común a creyentes y no creyentes. Y esta religión en lo civil puede permitir un encuentro útil de la tradición cristiana y de la liberal en la defensa laica de la libertad contra el clericalismo católico (que nunca deja de levantar cabeza aquí y allá) y contra el clericalismo laicista (…).

Como la laicidad es cristiana en su origen, el cristianismo no teme la laicidad. Es más, la necesita como timbre de alarma contra la tentación clerical. Del mismo modo que el laico necesita una religión si no quiere diluir su laicidad en un individualismo amoral o en el totalitarismo colectivista. Cristo, dice Dostoievski, vino a la tierra para enseñar la libertad. El Gran Inquisidor, que lo condenará a muerte por segunda vez, es el clerical de siempre, católico o laicista, en sus diversas metamorfosis, que contrapone a la libertad de la decisión existencial el panem et circenses de la democracia totalitaria.

La laicidad americana

 

La convergencia de cristianismo y laicidad es subrayada continuamente por Benedicto XVI. En su “Discurso de Washington” la expresó con sintética eficacia respecto del país anfitrión: “Históricamente, no sólo los católicos, sino todos los creyentes han encontrado aquí la libertad de adorar a Dios según el dictamen de su conciencia, siendo al mismo tiempo aceptados como parte de una confederación en la que todo individuo y todo grupo puede hacer oír su propia voz” (…).

Lo que el Papa pone de relieve no es sólo el alma de América. Refleja una teoría rigurosamente científica, expresada por innumerables estudiosos, que tarda en imponerse por la prevalencia de una cultura protagonizada por los ayatolás del laicismo integrista. Porque, como decía poco antes, no existe sólo una laicidad, sino al menos dos. Una, por decirlo con las palabras del Papa, es “positiva” y “abierta”: hija de la revolución cristiana, acentúa, incluso contra las incomprensiones de la Iglesia, la distinción entre Dios y el César enseñada por Cristo (las dos caras de la moneda): ni teocracia ni cesaropapismo, sino una precisa definición de límites, de la que la nace la auténtica “laicidad” (no el laicismo).

Esa laicidad está en la base de los Estados Unidos (…). La primera enmienda a su Constitución (1791) traduce esta laicidad positiva: la Federación no puede reconocer ni prohibir ninguna religión. Un artículo que no quiere subordinar las Iglesias al poder político, sino garantizar su libertad (…).

La laicidad americana, en la estela del constitucionalismo británico, es muy diversa del laicismo continental, sobre todo, del francés (…). En EE.UU. nadie acusa de “injerencia” a las Iglesias (como sucede entre nosotros con el victimismo agresivo de la izquierda radical) cuando se expresan contra el aborto, la pena de muerte, las uniones gay, la enseñanza del dogma evolucionista, la fecundación artificial. Las religiones no determinan la política, pero indican aquel marco ético sin el cual la política se deshumaniza.

La religión, entre los americanos, no es un simple hobby para el tiempo libre, es un sistema de legitimación de las acciones personales y del compromiso social. Quizá más frecuentemente transgredido que seguido, pero siempre importante y necesaria referencia. La religión es libre no sólo porque viene elegida en conciencia, sino porque tiene el derecho de expresarse y de convencer a los demás. Libre de proclamar sus valores no sólo en los templos, sino también en la calle (…).

Moralizar la democracia

La independencia fue conseguida por hombres huidos de sus países de origen para defender su libertad religiosa. El proceso de secularización ha alcanzado también a los Estados Unidos, y el media-system, con frecuencia falsificador y escandaloso, pone énfasis en los comportamientos más degradantes y libertinos. Pero existe aún en los States un auténtico tejido de democracia religiosa, que permite confiar en el futuro.

Sin ninguna necesidad de una religión de Estado, “que antes o después resulta fatal para la Iglesia” (es de nuevo Tocqueville), ni de las sectas religiosas de supermercado, que ciertamente no faltan. Los Estados Unidos tienen necesidad de muchas religiones (Benedicto XVI se reunió en Nueva York con sus jefes, incluidos los islámicos), en su dialéctica de identidad y respeto, de diferencias y aspectos compartidos. Porque, en definitiva, tienen necesidad justamente (de nuevo Tocqueville) de “moralizar la democracia a través de la religión”.

Ha pasado el milenio de la modernidad, en el que el espíritu laico penetró cada vez más en las conciencias, y a la vez se diluyó en un nihilismo lúdico sin esperanza. Ahora las dos laicidades, la laico-religiosa y la religioso-laica, deben sostenerse recíprocamente. En la unión de las dos tradiciones cristiana y liberal, que constituye la única tabla de salvación del naufragio del comunismo y del Estado asistencial: dos propuestas políticas que se han desinflado juntas en el siglo recién terminado.

La misma ruina de la teoría de los derechos, ese maravilloso apoyo de la dignidad humana, ahora degradada en defensa de pequeñas mezquindades individualistas y corporativas, y la búsqueda, muy fuerte también en el pensamiento liberal (Rawls, Dworkin) de una teoría de los deberes capaz de enmarcar y apuntalar los derechos, no expresan otra cosa que la exigencia de una laicidad religiosa o, si se prefiere, de una religión presente en la sociedad, pero que no se agota en lo social.

Benedicto XVI nos ayuda a asumir y completar la fórmula de Croce: ¿por qué no podemos no llamarnos cristianos? Él respondía: porque somos laicos. Pero podemos plantear un diálogo simétrico: ¿por qué no podemos no llamarnos laicos? Porque somos cristianos.