Volver al horario normal en España

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Sin Greenwich, intentar arreglar el horario erróneo español significa luchar contra el sol, y ésta es una batalla perdida antes de empezar.

Los seres y las sociedades humanas son capaces de acostumbrarse a cualquier anomalía más o menos grave, hasta el punto de no considerar o incluso rechazar el remedio. Esto mismo sucede desde hace tres generaciones con los horarios en España. Es este el único país en el mundo donde cada día se va a almorzar cuando el resto de los humanos vuelven a trabajar, se va a cenar cuando es la hora de irse a la cama, y se duerme una hora menos.

También es el único país libre donde en el ámbito profesional se premia la simple presencia al modo esclavo, y donde parecen necesarias dos horas para almorzar, contra toda lógica de eficacia moderna. Y sin embargo, muchos españoles suelen declarar sin rechistar que están encantados con su horario. O no tanto… En realidad cada vez más españoles se quejan de no conseguir conciliar su vida profesional con su vida privada, y se lamentan sinceramente de no saber cómo lo podrían arreglar.

Todas las costumbres tienen un origen concreto, profano y a veces hasta banal. El erróneo horario español se ha ido estableciendo poco a poco, al paso de unos hechos bien determinados. Porque no nos engañemos: este horario ni es por el clima, ni por el mediterráneo, ni por la cultura española, ni tampoco es de toda la vida: tres generaciones, a lo sumo.

El primer paso fue la adopción de los veinticuatro husos alrededor de la tierra. Hasta finales del Siglo XIX, la hora oficial era diferente en cada aldea, y se determinaba por el reloj solar. Eran las doce del mediodía cuando el sol transitaba el meridiano, y este momento era diferente conforme uno se movía por el país de oriente a occidente (o al revés). Con la aparición de los ferrocarriles y la necesidad de establecer unos horarios comunes en lugares muy distantes, se inventaron los famosos husos: así se uniformizaron unos veinticuatro bloques geográficos, cada uno desde el polo norte hasta el polo sur, en cuyos interiores era rigurosamente la misma hora, que coincidía más o menos con la antigua hora solar. Y desde entonces, la función de los relojes solares en nuestras fachadas rústicas se ha vuelto meramente decorativa.

El segundo paso fue la implementación de la hora oficial alemana en 1940 en toda la Europa ocupada. España se agregó a esta sustitución de la hora Europea occidental por la central, con una Orden de Presidencia de Gobierno que establece en su artículo 5º: “Oportunamente se señalará la fecha en que haya de restablecerse la hora normal”, y quisiera subrayar la palabra “normal”. Este restablecimiento en realidad nunca llegó, y este segundo paso resultó decisivo para crear el horario erróneo español: para los españoles el sol es demasiado importante como para dejarse engañar por una hora oficial, y siguen almorzando y cenando en el mismo momento de siempre (la una y las ocho de la tarde, hora solar), aunque ahora el reloj indique otra cosa distinta (las dos y las nueve de la tarde, hora oficial).

El tercer paso fue el fenómeno del pluriempleo de la posguerra, tan necesario entonces para reconstruir todo un país, como irrelevante para nuestra sociedad moderna actual. Sirvió para consolidar una clara división del día en una jornada de mañana prolongada, madrugando y trabajando hasta las dos, luego una pausa importante, y finalmente una segunda jornada de tarde que no parecía terminar nunca. Una herencia de este paso es el horario “de nueve a dos”, aún vigente en muchos bancos y administraciones públicas, y absolutamente original cuando nos comparamos con el resto del mundo.

El cuarto paso fue la implementación de la hora de verano, otra vez de la mano del resto de Europa, desde los años setenta, con motivo de la crisis del petróleo, y con el objetivo de ahorrar energía, buscando tener más luz solar durante el “día”. Hasta la fecha, este argumento sigue siendo bastante polémico, lo cual no impide que la hora de verano ha llegado a ser una costumbre bien arraigada. Este paso reforzó aún más el almuerzo y la cena a horas “de reloj” tardísimas, aunque en realidad han seguido siendo las horas correctas según la hora solar, que se retrasa de dos horas en verano (casi tres en Galicia).

Bien. Pero, ¿cuál es ahora el problema? Es doble.

Primero, si no tenemos reparo en tener la anomalía de almorzar a las dos y cenar a las nueve, entonces deberíamos ser coherentes hasta el final y empezar a trabajar a las diez de la mañana. Pero esto no sucede, y descubrimos con asombro el primer problema: alargamos la jornada laboral ¡por la mañana!, empezando demasiado temprano, según la hora solar. Como luego no aguantamos cinco horas trabajando, muchos han adoptado la costumbre, verdaderamente curiosísima, de “ir a desayunar” a “media mañana”, y aquí se pierde la primera media hora.

Segundo, dedicamos demasiado tiempo a la pausa del mediodía, a menudo dos horas, cuando no hace ninguna falta para una jornada laboral moderna y eficaz, ni tampoco da tiempo a la mayoría de los españoles, en nuestra entorno bastante más urbano que en los países de nuestro entorno, para irse a casa y volver sólo para comer (en cualquier caso, los niños se han quedado en el colegio).

Total: hay cada día laboral una hora y media, casi el 10% de nuestro tiempo despierto, o ¡casi dos semanas en un año!, que se diluyen en la jornada laboral y se pierden irremediablemente para la vida privada. ¡No extraña el sentimiento de frustración de muchos españoles, cuando piensan en su horario!

Sin embargo, el remedio es muy fácil. Basta con dar respuesta al artículo 5º de aquella Orden de Presidencia de 1940, para efectivamente “volver a la normalidad“. En la práctica, para entendernos, esto significa que España adopte la hora oficial del Reino Unido, Portugal, Marruecos y Canarias, o dicho de otro modo: la hora Europea occidental en vez de la central, la que le corresponde geográficamente: el meridiano de Greenwich atraviesa la península en su lado de levante, cruzando la autopista AP2 entre Lleida y Zaragoza (se ha construido un arco para remarcarlo), y pasando por el centro de Castellón de la Plana. Desde 1940 sin embargo, España presta la hora oficial del huso siguiente, cuyo meridiano pasa por Bodø, Växjö, Praha, Linz, Ljubljana, Rijeka, Salerno, Catania…

Con el restablecimiento de la hora oficial correcta, muchas aguas volverán a sus cauces. De entrada, volveremos a comer como el resto de los mortales: a la una y las ocho de la tarde, hora también del telediario en todo el mundo. Irse a casa a las seis o incluso a las cinco, y tener una velada digna, por de pronto no sólo es posible: ¡es fácil!

Por otra parte, seguiremos levantándonos a la misma hora “de reloj”, pero en realidad una hora (solar) más tarde. ¿Dónde está el truco? En dedicar sólo una hora al almuerzo: adoptar el famoso “horario Europeo”, la jornada contínua de nueve a seis, con una parada de una hora, de una a dos, exactamente a mitad de la jornada laboral. Y ya no ha hará falta perder media hora para “irse a desayunar” a “media mañana”: ya no existirá esa media mañana, y desayunaremos en casa antes de salir, a las ocho (antes nueve) de la mañana. Hagamos el cálculo y asombrémonos: ¡recuperamos cada día hora y media para la vida privada!

Y, ¿no podríamos conseguir todo esto sin adoptar la hora de Greenwich? Pues, no señor. Ya lo hemos visto durante esas tres generaciones: el sol importa demasiado. Para conseguir el efecto deseado, deberíamos adelantar el almuerzo hasta antes del mediodía solar, y esto sencillamente no va a suceder. Sin Greenwich, intentar arreglar el horario erróneo español significa luchar contra el sol, y esta es una batalla perdida antes de empezar: es simplemente imposible.

Y, ¿no va este cambio a distanciarnos más de los países de nuestro entorno? En absoluto. Esta distancia ya existe hoy y es de todos conocida: es muy complicado que un madrileño y un vienés estén en el mismo momento en sus despachos respectivos: cuando el vienés quiere llamar al madrileño resulta que se “ha ido a desayunar”, y cuando vuelve de esa “media mañana”, el vienés se va a almorzar. Cuando éste vuelve, se va a almorzar el madrileño. Y a su vuelta ya se está marchando el vienés para su casa. Con el cambio de la hora oficial en España, esto seguirá siendo exactamente igual (excepto que el madrileño ya no irá a desayunar a “media mañana”, y no se quedará dos horas fuera al mediodía): es una simple cuestión de hora solar distinta en cada lugar. Lo único que cambiará es que el reloj del madrileño indicará una hora diferente que en Viena, pero ambos seguirán practicando sus mismos horarios solares de siempre.

Además, el país más avanzado y rico del planeta, los Estados Unidos de América, funciona sin problema alguno con nada menos que cuatro zonas horarias distintas: entre Nueva York y Los Angeles hay tres horas de diferencia. Y no pasa absolutamente nada.

No lo olvidemos: no se trata de probar un cambio desconocido a ver si funciona, sino de volver a la normalidad de toda la vida, aunque ya lejana, porque ya han pasado casi setenta años. Y no se trata de volver a poner bien los relojes, sino de reequilibrar los horarios: ocho horas de trabajo, ocho horas de ocio y ocho horas de descanso. Buscar y volver a encontrar el tiempo perdido, ¡qué satisfacción!

Todos sabemos que un remedio definitivo nunca está en tratar los síntomas, sino en curar la enfermedad que los causa. Mientras no adoptamos la hora de Greenwich – ¡la hora de Castellón, que caramba! –, todos los intentos de conciliar nuestros horarios serán parches bien intencionados pero con poca incidencia real. Y si resulta que la verdadera cura es fácil de adoptar, y encima no cuesta ni un solo euro, ¿a qué esperamos?

FUENTE: Jos Collin en Forumlibertas.com

6 comentarios

  1. Lo suscribo plenamente. Yo mismo he estado trabajando seis años en Polonia, y era una gozada. Primero estaba en una empresa con horario de 9 a 5, y luego en otra de 8:30 a 16:30. ¿La comida? Te ibas a la cantina (en plan self-service) hacia las 12, te cogías tu menú con la bandejita y en 20 minutos ya estabas otra vez en la oficina. Y eso sin ninguna prisa. Luego a las cinco ya en casa, se podía estar unas horas con la familia.

    Por no hablar de los desplazamientos que se ahorran para ir a comer, ya que aquí hay muchos que cogemos el coche para ir al restaurante o a casa a comer (si están lo bastante cerca). Hasta la productividad es mucho mayor con jornada continua, porque, no nos engañemos, en este país las tardes, después de meterse dos platos y postre entre pecho y espalda, se rinde más bien poco…

  2. Gracias por tu testimonio. Un saludo

  3. Alex:
    Te adjunto una carta del obispo de Palencia sobre el Camino, de Alexia, en realidad es el camino de Fresser. Me gusta tu blog y te tengo entre mis favoritos. Qué tal si pones un enlace al mío en tu blog? Incluso podrías enviarme un email a mi dirección y nos ponemos en contacto. Mi email está en mi perfil de mi blog. Un saludo, Alberto
    Hace ya unos catorce años que cayó en mis manos una de las biografías publicadas sobre la vida y muerte de una adolescente madrileña, Alexia González-Barros (1971-1985), cuyo proceso de beatificación está en curso. Se trataba de la historia dramática de una joven de trece años a quien se le había declarado un tumor maligno que acabó con su vida en menos de un año. Aquel libro no me dejó indiferente. Muy al contrario: en repetidas ocasiones me hizo llorar de emoción y en otras reía y disfrutaba al comprobar la belleza del tesoro de la inocencia, cuando ésta es iluminada por la fe cristiana. La fuerza testimonial que irradiaba, grabó en mí una huella imborrable. Entonces yo era todavía un sacerdote “novel”, pero al concluir la lectura de aquel libro, comprendí que en adelante, aquella niña sería mi “amiga” por el resto de mis años. Recuerdo también que empleé un dinero del que en aquel momento disponía, para distribuir en la parroquia abundantes ejemplares de su vida. Con alegría, pude comprobar cómo Alexia llegaba igualmente a otros corazones. A lo largo de estos años, me he acordado de ella, de una forma especial, cada vez que visito o tengo noticia de algún niño o adolescente enfermo.
    ¿Qué es lo que más me llamó la atención de su historia? Por encima de todo, su plena confianza en la voluntad de Dios… “Jesús, que yo haga siempre lo que Tú quieras” –repetía con frecuencia-. Es como si en ella se fundiesen el sentido común y la más alta mística. Ciertamente, los niños inocentes –Alexia- nos enseñan a sobrenaturalizar lo natural y a naturalizar lo sobrenatural. También me impresionó profundamente la fuerza de la familia cristiana. ¡Aquella familia era una “piña” en la que se vivía una especie de “santidad compartida”!
    Añado a lo anterior que, el hecho de acercarme a la figura de Alexia me ayudó también a valorar más los carismas de la Iglesia, porque era notorio que la pertenencia al Opus Dei de varios de sus miembros, había sido un factor determinante del que se había nutrido aquella historia de amor. Y, finalmente, tengo que agradecer a Alexia que me “enseñase” a tener relación y devoción hacia nuestro personal Ángel Custodio. ¡Me quedé perplejo al descubrir la audacia con la que aquella niña “bautizaba” a su Ángel de la Guarda con el nombre de “Hugo”! La naturalidad con la que Alexia trataba con Hugo, me ayudó a entender aquella frase del Evangelio: “Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mt 18, 10).
    Pues bien, hace ya varios meses, llegó a mis oídos la noticia de que un director de cine, que se autodefine como “ateo practicante”, había decidido inspirarse en la historia de Alexia para realizar una especie de “contrahistoria” de su vida. No me lo hubiese creído, de no ser por el cúmulo de faltas de respeto a la religión cristiana, de las que ya hemos sido testigos… (No creo necesario detallar los casos recientes: obras teatrales con título blasfemo, exposiciones fotográficas de la misma índole, programas televisivos burlescos y despectivos, etc).
    Finalmente, la película en cuestión ya ha llegado a las salas cinematográficas, con el nombre de “Camino”. Por si hubiese lugar a dudas, el director ha tenido la desfachatez de hacer un guión en el que la niña protagonista de la película lleva el nombre propio del título del libro que escribió el fundador del Opus Dei (Camino). La película utiliza la historia de Alexia como arma arrojadiza contra lo que la propia niña más amaba: su madre y su padre, sus hermanos, la Iglesia… Todo aquello que los creyentes habíamos admirado en el testimonio de Alexia y de su familia, por arte de magia, en la pantalla es retorcido hasta el extremo, y se nos muestra como grotesco, como masoquismo, fanatismo, manipulación… Baste citar el subtítulo burlesco elegido para la película: “¿Quieres que rece por ti para que tú también te mueras?”…
    Aunque a estas alturas ya nada nos sorprenda, tengo que reconocer que a mí este episodio me ha impresionado: ¿Qué mal habrán hecho a nadie Alexia y su familia? ¿Por qué “se revuelve” ante su memoria un señor que se dice “no creyente”? ¿Será sólo cosa de buscar el dinero fácil, o habrá más factores que lo expliquen? Vienen a mi memoria las palabras que el “buen ladrón” dirigió a su compañero de suplicio, tras escuchar con asombro cómo éste insultaba gratuita e injustificadamente a Jesús crucificado: “¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque nos lo hemos merecido. En cambio, éste nada malo ha hecho. –Y volviéndose hacia Jesús le dijo-: ¡Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino!” (Lc 23, 41).
    La escena de los dos ladrones crucificados junto a Jesús es paradigmática: la humanidad no se divide en “buenos” y “malos”. En realidad, todos somos “ladrones”, es decir, “pecadores”. Por el contrario, la humanidad se compone de pecadores “arrepentidos” y pecadores “convencidos”. Los primeros reconocen su culpa, al mismo tiempo que aprecian y admiran toda la bondad que les rodea. Los segundos, por el contrario, parece como si encontrasen alivio blasfemando contra Dios, o ensuciando a quienes pudiesen estar más limpios que ellos. Ésta ha sido una constante en la historia de la Iglesia: el testimonio de los santos es estímulo para unos, al mismo tiempo que resulta molesto para otros.
    Ante este tipo de situaciones, pienso que los católicos debemos reaccionar con audacia y con paciencia. “Es preferible encender una luz que maldecir las tinieblas”, de modo que estamos ante una ocasión magnífica para dar a conocer la vida de Alexia y su maravilloso testimonio (www.alexiagb.org). Lo ocurrido demuestra que la vida de Alexia es mucho más luminosa de lo que suponíamos, especialmente en el momento histórico actual, en el que se introduce la eutanasia y el suicidio asistido. Nuestra sociedad está necesitada de “testigos” que den “luz” y que nos ayuden a vivir con sentido las cruces de nuestra existencia. ¡Alexia, danos audacia y paciencia para el “camino”!

    + José Ignacio, Obispo de Palencia.

  4. Muchas gracias, Alberto, por incluir esa preciosa carta. Te enlazo y contactaremos.

  5. Gracias por situarme entre tus blogs amigos.
    Sospecho q algunos de los comentarios anónimos q aparecen en mi blog, y que son inmerecidamente muy positivos, se deben a ti. Te lo agradezco, y tus palabras de aliento. Pero sigo sin contactar contigo. Escríbeme un email, y te contesto. Un abrazo,
    Alberto

  6. Por una parte: Lo logico seria que en España, nuestra hora iba sincronizada con lo de Londres. Ya que la meridiana de greenwich pasa por suelo Español. No es nada logico que nos levantamos a la misma hora que los austriacos, ya que austria esta a mas de 3000 Km al este y el sol alli sale una hora antes que en España. Todo España tenia que estar en la franja horaria de las Islas Canarias.
    Por otra parte esta la manera como nos organizamos el dia. Las dos partes estan directamente ligado como bien señales en tu articulo. La naturaleza es sabio, y el cuerpo humano tambien. No nos basta de adelantar horas, porque el cuerpo quiere alimentarse cuando segun la naturaleza el reloj esta a las 13.00 (mas o menos). Tampoco nesecitamos 3 horas para almorzar. 45 minutos nos basta y no tiene ningun sentido parar el proceso productivo derante 3 horas cada dia.

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