De cuando la sociedad se hunde en la nada: seres humanos, linces y árboles

F_646967_7yZB3NLMFqsCfTiBmjq97IOQfcwG02 La campaña de la Conferencia Episcopal Española apunta a una de las grandes contradicciones que vive este país en materia de aborto. El hecho de que el ser humano esté menos protegido antes de nacer que un lince, incluso que un feto de lince, no tiene el mismo castigo matar a uno de estos animales si está preñado que si no lo está. La nueva ley del aborto con su propuesta de despenalización total consumaría esta estupidez de convertir en nada al ser humano que ha de nacer.

Este es un planteamiento que las descalificaciones ad hominem no deberían intentar eludir. Se debe debatir por qué se puede dar esta situación objetiva real y si tiene sentido o no. Hay que llevar a debate público el implícito que se encuentra detrás de esta situación que denuncia la campaña de la Conferencia Episcopal. Ha de ser un eje de debate. Hemos de aclararnos como sociedad si un embrión humano, un feto, un inmaduro, debe estar menos protegido que un animal, y cuáles son las razones de tamaña barbaridad. La simple decisión de la madre no puede servir como argumento porque nadie puede decidir sobre la vida de un ser humano, y el embrión, el feto, es un “ser” no una “cosa”. Y no es cualquier ser, sino un humano, y por consiguiente una persona en potencia. Intentar desterrar estos elementos del debate es demostrar claramente que no se tienen argumentos más allá de asumir, por razones incomprensibles, un proceso de autodestrucción, que en último término es el aborto. 

La ausencia de argumentos es tan escandalosa que han de recurrir a los “cien mil abortos que se cometían antes de su legalización en 1985” (La SER y el Sr Francino dixit ) Es decir, los mismos prácticamente que el 2007. O sea que lo que pretenden es lo siguiente: En 1984 porque era ilegal se cometieron 100.000 abortos. Cuando se legalizó al año siguiente cayeron en picado, tanto que se han tardado 24 años, ¡un cuarto de siglo!, en recuperar la cifra. ¿Nos toman por estúpidos o es que han perdido incluso la capacidad de argumentar? 100 mil abortos en el 1984, 200 mil matrimonios gay en dos años. Carecen de la más mínima dignidad. No les importa engañar incluso con grosería, si piensan que así obtienen resultados. 

 
Pero no se trata solo de la penalización, sino del control sobre el acto de abortar. En España ya, ahora, existe mucho mayor control administrativo para la tala de árboles que para la práctica del aborto. Es otra inconsistencia brutal, hasta el extremo de pedir que el aborto quede regulado de una forma equivalente a como lo está la masa forestal, resultaría un progreso extraordinario y una petición al mismo tiempo surrealista. Progreso porque disminuiría el número de abortos y permitiría saber la cifra verdadera. Surrealista porque ya es el colmo que nos dediquemos a vigilar más lo que se le hace a un árbol que a un no nacido.
 
Desde que el cristianismo emergió durante el Imperio Romano, ha habido un proceso ascendente en el desarrollo de los derechos, empezando por los propios niños. Éstos eran propiedad del padre, en aquel régimen jurídico, quien podía disponer absolutamente sobre ellos. El signo de la humanidad es la otorgación de derechos, los de los niños, los dependientes, los animales incluso. Todo esto tiene una rotunda excepción con el aborto. Aquí el camino se desliza en dirección contraria: el de una progresiva negación de los derechos al niño no nacido. Es evidente que esta es una línea reaccionaria que avanza en sentido contrario al de la historia, pero es lo que hay. Lo más intrigante del asunto es que, a diferencia de otros actos contra la humanidad, como los que cometieron los nazis o el comunismo, aquí no se justifica ni tan siquiera formalmente por una presunta ventaja que tendría la sociedad superviviente. No se promete que a cambio del genocidio se produce una sociedad mejor. Como máximo, a lo que se llega es a ocultar los daños objetivos que el aborto comete en términos de renta, ingresos del Estado y de la seguridad social.
 
¿Qué grado de alienación tiene una sociedad que es capaz de dañarse tanto a sí misma, produciendo a su vez un daño irreparable a un tercero, el que no nace o la mujer que ha abortado? Es una cuestión digna de estudio.
 
En último término, el pretendido derecho a decidir de la mujer tiene un implícito rotundo, y es la única contrapartida que se me ocurre que puede ponerse sobre la mesa, también en términos objetivos. El aborto es la consecuencia necesaria de que la mujer pueda tener unas relaciones sexuales tan ilimitadas como quiera. Es visto como una forma falseada de equipararla al hombre por el feminismo radical. En este terreno, el del sexo, y desde el punto de vista de una sociedad desvinculada donde sólo se busca la satisfacción del propio deseo y no se asumen las consecuencias de los propios actos, el hombre juega con ventaja. Sabe que en todo acto sexual, él podrá obtener placer sin correr ningún riesgo (en realidad no es así, y esto explica el crecimiento de las ETS). 

Para la mujer, el “riesgo” que limita su relación sexual es el embarazo. Para que esta cortapisa no se produzca, la política, los medios de comunicación de la cultura dominante, y el mercado, han puesto en marcha diversas estrategias. La más antigua, por primitiva, es el aborto. La pastilla del día después formaría parte de una arsenal más sofisticado aunque también más incierto. Esta es la única razón. Pero una sociedad que asume, al menos implícitamente, que debe pagar por una búsqueda ilimitada del placer sexual, los costes morales, sociales y económicos que comporta el aborto, es sin duda, una sociedad que se está hundiendo en la nada.

FUENTE: Josep Miró i Ardèvol en ForumLibertas.com.

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