Atlas ilustrado de la Guardia Civil

Eduardo Martínez Viqueira

Editorial Susaeta. Madrid, 2010. 286 págs.

ISBN: 9788467709551

Tras la Guerra de la Independencia y, más tarde, las Guerras Carlistas, la población española tuvo que enfrentarse a un grave aumento de la delincuencia. Aquellos combatientes que habían participado en la eficaz táctica militar de las guerrillas, incapaces de integrarse en una sociedad nueva e inestable, hicieron del bandidaje su estilo de vida, hasta el punto de que los malhechores se habían adueñado de los caminos de España. Ante esta situación, el duque de Ahumada fue designado para la organización de un nuevo cuerpo de seguridad pública: la Guardia Civil.

Con el apoyo visual de más de setecientas imágenes de gran calidad, incluyendo gráficos, organigramas y mapas, esta obra de carácter divulgativo refleja de forma concisa, pero completa y rigurosa, los orígenes e historia de la Institución, su organización, uniformes, armamento, material, modelo de carrera y, por supuesto, todas las Especialidades, sin descuidar de qué manera ha evolucionado en aspectos como la seguridad ciudadana, la lucha contra la delincuencia, el terrorismo o la proyección exterior de un Cuerpo siempre joven y en permanente evolución.

Mil científicos españoles publican un manifiesto en defensa del no nacido

20070417klpcnavid_346_ies_scoUnos mil científicos, juristas y especialistas de otras disciplinas han suscrito un manifiesto en que reclaman más apoyo a las gestantes en dificultades y se oponen al plan de permitir el aborto a discreción en los primeros meses de embarazo.

Poco después de que el gobierno español haya confirmado su intención de reformar el régimen del aborto con una ley de plazos, un grupo de científicos ha promovido un “manifiesto en defensa de la vida humana en su etapa inicial”. Ha sido hecho público el 17 de marzo en Madrid y ha recibido ya un millar de adhesiones.

El documento comienza señalando que los conocimientos científicos actuales señalan la concepción como el inicio de un nuevo ser, de modo que “el cigoto es la primera realidad corporal del ser humano”. Así lo confirman la genética, la biología celular y la embriología: con la fusión de gametos se constituye el genoma singular del individuo, que se desarrolla sin solución de continuidad a partir de su primera célula.

Así pues, “el embrión (desde la fecundación hasta la octava semana) y el feto (a partir de la octava semana) son las primeras fases del desarrollo de un nuevo ser humano y en el claustro materno no forman parte de la sustantividad ni de ningún órgano de la madre, aunque dependa de ésta para su propio desarrollo”.

Por tanto, “un aborto no es sólo la interrupción voluntaria del embarazo sino un acto simple y cruel de interrupción de una vida humana”. También es “un drama con dos víctimas: una muere y la otra sobrevive y sufre a diario las consecuencias”.

La mujer que se plantea abortar, prosigue el manifiesto, debe ser bien informada del procedimiento, los riesgos y las consecuencias, en particular las posibles secuelas psicológicas conocidas como “síndrome post-aborto”. También es necesario asegurar el derecho a la objeción de conciencia por parte del personal sanitario.

Con respecto a la situación en España, el manifiesto subraya el fracaso que para la sociedad supone haber superado el número de 100.000 abortos en un año, casi uno por cada cinco embarazos. Con semejante contexto, urge no una ley de plazos que multiplique los abortos, sino “una regulación para detener los abusos y el fraude de ley de los centros donde se practican los abortos”.

Para la mujer, la ley de plazos, lejos de ser una conquista, la fijaría como única responsable del aborto. Lo que sería aún más grave para las menores de edad, a las que el proyecto del gobierno “pretende privar de la presencia, del consejo y del apoyo de sus padres para tomar la decisión de seguir con el embarazo o abortar”. “Obligar a una joven a decidir sola a tan temprana edad es una irresponsabilidad y una forma clara de violencia contra la mujer”.

Entre los firmantes del manifiesto figuran catedráticos como Nicolás Jouve (Genética), César Nombela (Microbiología); Luis Franco Vera (Bioquímica). Hay también especialistas en bioética, como Mónica López Barahona, y juristas, como Vicente Bellver. Al principio se lo llamó “Manifiesto de los 300”, por el número original de adhesiones; pero el rápido aumento de los apoyos ha obligado a cambiar el nombre por el de “Manifiesto de Madrid”. Pueden leer aquí el texto íntegro del Manifiesto (PDF, 52K).

FUENTE: Aceprensa.

De cuando la sociedad se hunde en la nada: seres humanos, linces y árboles

F_646967_7yZB3NLMFqsCfTiBmjq97IOQfcwG02 La campaña de la Conferencia Episcopal Española apunta a una de las grandes contradicciones que vive este país en materia de aborto. El hecho de que el ser humano esté menos protegido antes de nacer que un lince, incluso que un feto de lince, no tiene el mismo castigo matar a uno de estos animales si está preñado que si no lo está. La nueva ley del aborto con su propuesta de despenalización total consumaría esta estupidez de convertir en nada al ser humano que ha de nacer.

Este es un planteamiento que las descalificaciones ad hominem no deberían intentar eludir. Se debe debatir por qué se puede dar esta situación objetiva real y si tiene sentido o no. Hay que llevar a debate público el implícito que se encuentra detrás de esta situación que denuncia la campaña de la Conferencia Episcopal. Ha de ser un eje de debate. Hemos de aclararnos como sociedad si un embrión humano, un feto, un inmaduro, debe estar menos protegido que un animal, y cuáles son las razones de tamaña barbaridad. La simple decisión de la madre no puede servir como argumento porque nadie puede decidir sobre la vida de un ser humano, y el embrión, el feto, es un “ser” no una “cosa”. Y no es cualquier ser, sino un humano, y por consiguiente una persona en potencia. Intentar desterrar estos elementos del debate es demostrar claramente que no se tienen argumentos más allá de asumir, por razones incomprensibles, un proceso de autodestrucción, que en último término es el aborto. 

La ausencia de argumentos es tan escandalosa que han de recurrir a los “cien mil abortos que se cometían antes de su legalización en 1985” (La SER y el Sr Francino dixit ) Es decir, los mismos prácticamente que el 2007. O sea que lo que pretenden es lo siguiente: En 1984 porque era ilegal se cometieron 100.000 abortos. Cuando se legalizó al año siguiente cayeron en picado, tanto que se han tardado 24 años, ¡un cuarto de siglo!, en recuperar la cifra. ¿Nos toman por estúpidos o es que han perdido incluso la capacidad de argumentar? 100 mil abortos en el 1984, 200 mil matrimonios gay en dos años. Carecen de la más mínima dignidad. No les importa engañar incluso con grosería, si piensan que así obtienen resultados. 

 
Pero no se trata solo de la penalización, sino del control sobre el acto de abortar. En España ya, ahora, existe mucho mayor control administrativo para la tala de árboles que para la práctica del aborto. Es otra inconsistencia brutal, hasta el extremo de pedir que el aborto quede regulado de una forma equivalente a como lo está la masa forestal, resultaría un progreso extraordinario y una petición al mismo tiempo surrealista. Progreso porque disminuiría el número de abortos y permitiría saber la cifra verdadera. Surrealista porque ya es el colmo que nos dediquemos a vigilar más lo que se le hace a un árbol que a un no nacido.
 
Desde que el cristianismo emergió durante el Imperio Romano, ha habido un proceso ascendente en el desarrollo de los derechos, empezando por los propios niños. Éstos eran propiedad del padre, en aquel régimen jurídico, quien podía disponer absolutamente sobre ellos. El signo de la humanidad es la otorgación de derechos, los de los niños, los dependientes, los animales incluso. Todo esto tiene una rotunda excepción con el aborto. Aquí el camino se desliza en dirección contraria: el de una progresiva negación de los derechos al niño no nacido. Es evidente que esta es una línea reaccionaria que avanza en sentido contrario al de la historia, pero es lo que hay. Lo más intrigante del asunto es que, a diferencia de otros actos contra la humanidad, como los que cometieron los nazis o el comunismo, aquí no se justifica ni tan siquiera formalmente por una presunta ventaja que tendría la sociedad superviviente. No se promete que a cambio del genocidio se produce una sociedad mejor. Como máximo, a lo que se llega es a ocultar los daños objetivos que el aborto comete en términos de renta, ingresos del Estado y de la seguridad social.
 
¿Qué grado de alienación tiene una sociedad que es capaz de dañarse tanto a sí misma, produciendo a su vez un daño irreparable a un tercero, el que no nace o la mujer que ha abortado? Es una cuestión digna de estudio.
 
En último término, el pretendido derecho a decidir de la mujer tiene un implícito rotundo, y es la única contrapartida que se me ocurre que puede ponerse sobre la mesa, también en términos objetivos. El aborto es la consecuencia necesaria de que la mujer pueda tener unas relaciones sexuales tan ilimitadas como quiera. Es visto como una forma falseada de equipararla al hombre por el feminismo radical. En este terreno, el del sexo, y desde el punto de vista de una sociedad desvinculada donde sólo se busca la satisfacción del propio deseo y no se asumen las consecuencias de los propios actos, el hombre juega con ventaja. Sabe que en todo acto sexual, él podrá obtener placer sin correr ningún riesgo (en realidad no es así, y esto explica el crecimiento de las ETS). 

Para la mujer, el “riesgo” que limita su relación sexual es el embarazo. Para que esta cortapisa no se produzca, la política, los medios de comunicación de la cultura dominante, y el mercado, han puesto en marcha diversas estrategias. La más antigua, por primitiva, es el aborto. La pastilla del día después formaría parte de una arsenal más sofisticado aunque también más incierto. Esta es la única razón. Pero una sociedad que asume, al menos implícitamente, que debe pagar por una búsqueda ilimitada del placer sexual, los costes morales, sociales y económicos que comporta el aborto, es sin duda, una sociedad que se está hundiendo en la nada.

FUENTE: Josep Miró i Ardèvol en ForumLibertas.com.

Volver al horario normal en España

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Sin Greenwich, intentar arreglar el horario erróneo español significa luchar contra el sol, y ésta es una batalla perdida antes de empezar.

Los seres y las sociedades humanas son capaces de acostumbrarse a cualquier anomalía más o menos grave, hasta el punto de no considerar o incluso rechazar el remedio. Esto mismo sucede desde hace tres generaciones con los horarios en España. Es este el único país en el mundo donde cada día se va a almorzar cuando el resto de los humanos vuelven a trabajar, se va a cenar cuando es la hora de irse a la cama, y se duerme una hora menos.

También es el único país libre donde en el ámbito profesional se premia la simple presencia al modo esclavo, y donde parecen necesarias dos horas para almorzar, contra toda lógica de eficacia moderna. Y sin embargo, muchos españoles suelen declarar sin rechistar que están encantados con su horario. O no tanto… En realidad cada vez más españoles se quejan de no conseguir conciliar su vida profesional con su vida privada, y se lamentan sinceramente de no saber cómo lo podrían arreglar.

Todas las costumbres tienen un origen concreto, profano y a veces hasta banal. El erróneo horario español se ha ido estableciendo poco a poco, al paso de unos hechos bien determinados. Porque no nos engañemos: este horario ni es por el clima, ni por el mediterráneo, ni por la cultura española, ni tampoco es de toda la vida: tres generaciones, a lo sumo.

El primer paso fue la adopción de los veinticuatro husos alrededor de la tierra. Hasta finales del Siglo XIX, la hora oficial era diferente en cada aldea, y se determinaba por el reloj solar. Eran las doce del mediodía cuando el sol transitaba el meridiano, y este momento era diferente conforme uno se movía por el país de oriente a occidente (o al revés). Con la aparición de los ferrocarriles y la necesidad de establecer unos horarios comunes en lugares muy distantes, se inventaron los famosos husos: así se uniformizaron unos veinticuatro bloques geográficos, cada uno desde el polo norte hasta el polo sur, en cuyos interiores era rigurosamente la misma hora, que coincidía más o menos con la antigua hora solar. Y desde entonces, la función de los relojes solares en nuestras fachadas rústicas se ha vuelto meramente decorativa.

El segundo paso fue la implementación de la hora oficial alemana en 1940 en toda la Europa ocupada. España se agregó a esta sustitución de la hora Europea occidental por la central, con una Orden de Presidencia de Gobierno que establece en su artículo 5º: “Oportunamente se señalará la fecha en que haya de restablecerse la hora normal”, y quisiera subrayar la palabra “normal”. Este restablecimiento en realidad nunca llegó, y este segundo paso resultó decisivo para crear el horario erróneo español: para los españoles el sol es demasiado importante como para dejarse engañar por una hora oficial, y siguen almorzando y cenando en el mismo momento de siempre (la una y las ocho de la tarde, hora solar), aunque ahora el reloj indique otra cosa distinta (las dos y las nueve de la tarde, hora oficial).

El tercer paso fue el fenómeno del pluriempleo de la posguerra, tan necesario entonces para reconstruir todo un país, como irrelevante para nuestra sociedad moderna actual. Sirvió para consolidar una clara división del día en una jornada de mañana prolongada, madrugando y trabajando hasta las dos, luego una pausa importante, y finalmente una segunda jornada de tarde que no parecía terminar nunca. Una herencia de este paso es el horario “de nueve a dos”, aún vigente en muchos bancos y administraciones públicas, y absolutamente original cuando nos comparamos con el resto del mundo.

El cuarto paso fue la implementación de la hora de verano, otra vez de la mano del resto de Europa, desde los años setenta, con motivo de la crisis del petróleo, y con el objetivo de ahorrar energía, buscando tener más luz solar durante el “día”. Hasta la fecha, este argumento sigue siendo bastante polémico, lo cual no impide que la hora de verano ha llegado a ser una costumbre bien arraigada. Este paso reforzó aún más el almuerzo y la cena a horas “de reloj” tardísimas, aunque en realidad han seguido siendo las horas correctas según la hora solar, que se retrasa de dos horas en verano (casi tres en Galicia).

Bien. Pero, ¿cuál es ahora el problema? Es doble.

Primero, si no tenemos reparo en tener la anomalía de almorzar a las dos y cenar a las nueve, entonces deberíamos ser coherentes hasta el final y empezar a trabajar a las diez de la mañana. Pero esto no sucede, y descubrimos con asombro el primer problema: alargamos la jornada laboral ¡por la mañana!, empezando demasiado temprano, según la hora solar. Como luego no aguantamos cinco horas trabajando, muchos han adoptado la costumbre, verdaderamente curiosísima, de “ir a desayunar” a “media mañana”, y aquí se pierde la primera media hora.

Segundo, dedicamos demasiado tiempo a la pausa del mediodía, a menudo dos horas, cuando no hace ninguna falta para una jornada laboral moderna y eficaz, ni tampoco da tiempo a la mayoría de los españoles, en nuestra entorno bastante más urbano que en los países de nuestro entorno, para irse a casa y volver sólo para comer (en cualquier caso, los niños se han quedado en el colegio).

Total: hay cada día laboral una hora y media, casi el 10% de nuestro tiempo despierto, o ¡casi dos semanas en un año!, que se diluyen en la jornada laboral y se pierden irremediablemente para la vida privada. ¡No extraña el sentimiento de frustración de muchos españoles, cuando piensan en su horario!

Sin embargo, el remedio es muy fácil. Basta con dar respuesta al artículo 5º de aquella Orden de Presidencia de 1940, para efectivamente “volver a la normalidad“. En la práctica, para entendernos, esto significa que España adopte la hora oficial del Reino Unido, Portugal, Marruecos y Canarias, o dicho de otro modo: la hora Europea occidental en vez de la central, la que le corresponde geográficamente: el meridiano de Greenwich atraviesa la península en su lado de levante, cruzando la autopista AP2 entre Lleida y Zaragoza (se ha construido un arco para remarcarlo), y pasando por el centro de Castellón de la Plana. Desde 1940 sin embargo, España presta la hora oficial del huso siguiente, cuyo meridiano pasa por Bodø, Växjö, Praha, Linz, Ljubljana, Rijeka, Salerno, Catania…

Con el restablecimiento de la hora oficial correcta, muchas aguas volverán a sus cauces. De entrada, volveremos a comer como el resto de los mortales: a la una y las ocho de la tarde, hora también del telediario en todo el mundo. Irse a casa a las seis o incluso a las cinco, y tener una velada digna, por de pronto no sólo es posible: ¡es fácil!

Por otra parte, seguiremos levantándonos a la misma hora “de reloj”, pero en realidad una hora (solar) más tarde. ¿Dónde está el truco? En dedicar sólo una hora al almuerzo: adoptar el famoso “horario Europeo”, la jornada contínua de nueve a seis, con una parada de una hora, de una a dos, exactamente a mitad de la jornada laboral. Y ya no ha hará falta perder media hora para “irse a desayunar” a “media mañana”: ya no existirá esa media mañana, y desayunaremos en casa antes de salir, a las ocho (antes nueve) de la mañana. Hagamos el cálculo y asombrémonos: ¡recuperamos cada día hora y media para la vida privada!

Y, ¿no podríamos conseguir todo esto sin adoptar la hora de Greenwich? Pues, no señor. Ya lo hemos visto durante esas tres generaciones: el sol importa demasiado. Para conseguir el efecto deseado, deberíamos adelantar el almuerzo hasta antes del mediodía solar, y esto sencillamente no va a suceder. Sin Greenwich, intentar arreglar el horario erróneo español significa luchar contra el sol, y esta es una batalla perdida antes de empezar: es simplemente imposible.

Y, ¿no va este cambio a distanciarnos más de los países de nuestro entorno? En absoluto. Esta distancia ya existe hoy y es de todos conocida: es muy complicado que un madrileño y un vienés estén en el mismo momento en sus despachos respectivos: cuando el vienés quiere llamar al madrileño resulta que se “ha ido a desayunar”, y cuando vuelve de esa “media mañana”, el vienés se va a almorzar. Cuando éste vuelve, se va a almorzar el madrileño. Y a su vuelta ya se está marchando el vienés para su casa. Con el cambio de la hora oficial en España, esto seguirá siendo exactamente igual (excepto que el madrileño ya no irá a desayunar a “media mañana”, y no se quedará dos horas fuera al mediodía): es una simple cuestión de hora solar distinta en cada lugar. Lo único que cambiará es que el reloj del madrileño indicará una hora diferente que en Viena, pero ambos seguirán practicando sus mismos horarios solares de siempre.

Además, el país más avanzado y rico del planeta, los Estados Unidos de América, funciona sin problema alguno con nada menos que cuatro zonas horarias distintas: entre Nueva York y Los Angeles hay tres horas de diferencia. Y no pasa absolutamente nada.

No lo olvidemos: no se trata de probar un cambio desconocido a ver si funciona, sino de volver a la normalidad de toda la vida, aunque ya lejana, porque ya han pasado casi setenta años. Y no se trata de volver a poner bien los relojes, sino de reequilibrar los horarios: ocho horas de trabajo, ocho horas de ocio y ocho horas de descanso. Buscar y volver a encontrar el tiempo perdido, ¡qué satisfacción!

Todos sabemos que un remedio definitivo nunca está en tratar los síntomas, sino en curar la enfermedad que los causa. Mientras no adoptamos la hora de Greenwich – ¡la hora de Castellón, que caramba! –, todos los intentos de conciliar nuestros horarios serán parches bien intencionados pero con poca incidencia real. Y si resulta que la verdadera cura es fácil de adoptar, y encima no cuesta ni un solo euro, ¿a qué esperamos?

FUENTE: Jos Collin en Forumlibertas.com

Los dioses se han vuelto locos

Genial artículo que revela crudamente, pero con ironía, la locura que estamos viviendo.

Los dioses se han vuelto locos. Bueno, en realidad esos dioses son simples fetiches inventados por el propio hombre. No son nada en sí mismos. Por consiguiente, es una parte de la humanidad la que ha perdido el sentido de la vida y de la realidad, y eso es la locura.

 

El reciente presidente de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, Ashok Kholsa, propugna sin el menor pudor intelectual que la solución para que se emitan menos gases invernadero a la atmósfera y se frene el cambio climático es no tener hijos. Fastuosa e indemostrable correlación. 

El sentido común ya señala que lo que determina este impacto ambiental es el tipo de tecnología que se aplique y no el número de descendientes que exista en un país. También las pautas de consumo en una sociedad donde prima el transporte privado, como EEUU, tiene un mayor impacto que otra, como la mayoría de las europeas, donde el transporte público ocupa un papel muy importante.

 

Lo dicho por una persona que quiere preservar la naturaleza es sencillamente una incongruencia o una tontería, pero ha sido aceptada y reproducida sin el menor comentario crítico por los medios de comunicación y los propios conservacionistas. Al final resultará que se debe intentar conservar todo menos la propia especie humana. Es como eliminar la enfermedad matando al enfermo, absurdo, peligroso, pero ahí está. 

Sin embargo, la aceptación humana de esta sociedad del sin sentido es todavía más salvaje si se considera que nuestro problema como humanidad y a largo plazo no es la explosión demográfica, sino todo lo contrario: el envejecimiento de la población porque no nacen suficientes personas como para equilibrar la balanza.

 

Pero la locura se concreta más en nuestro país. Hace poco un periódico de perfil clásico, La Vanguardia, pero  que se ha convertido en una punta de lanza de la ideología de género, adoctrinando quieras que no a sus lectores, insistía en que la maternidad es un estorbo para la mujer, una realidad que no gusta, la mitificación de un rol en ningún caso necesario. 

El concepto de rol, es decir la función o papel que alguien cumple en una sociedad, puede ser algo trivial o absolutamente necesario. La maternidad forma parte de este segundo grupo. Sin madres no hay sociedad, no hay posibilidades para la propia humanidad. Es la prédica de la auto-extinción. Pero antes de llegar ahí, mucho antes, significa la liquidación del estado del bienestar, porque éste solo puede existir si las parejas tienen el número suficiente de hijos. Ese es ya el problema de España y de otros países occidentales. No tener hijos es apostar por una sociedad con mayores desigualdades, y solo la ignorancia económica o un egoísmo ciego impide entenderlo.

También significa limitar, dañar, el potencial de la mujer. Es bien conocido, al menos desde los años ochenta, que la capacidad de la naturaleza de la mujer, sus aptitudes físicas, aquello que influirá con el paso de los años, no solo, o no tanto, en el vivir mas tiempo, sino en vivir en mejores condiciones físicas, se desarrolla solo a partir del primer hijo. La naturaleza, la selección natural, otorga a quien asume la reproducción de la especie importantes compensaciones. Es tan irracional y fantasmagóricao toda esta cultura antimadre que esta otra dimensión, la  del beneficio personal, es ignorada u ocultada.

 

¿Cómo se puede tener la pretensión de ser socialdemócrata, progre, de izquierdas o de post-izquierdas, o simplemente partidario del sistema del bienestar, y al mismo tiempo ir predicando la bondad de la liquidación materna? En realidad no es posible, pero como la palabra y el papel lo aguantan todo, hasta la catástrofe final, el discurso irresponsable crece y crece.

 

El fenómeno tiene un problema añadido, la inercia de los comportamientos de la población es tremenda, puede tardar décadas en modificarse. De ahí que si continúa creciendo esta vocación antinatalista, cuando los diocesillos  acongojados  quieran rectificar, será tarde porque por muchas medidas que adopten no podrán frenar la caída. 

Es un extraño mundo, este, que predica la bondad de no tener hijos, de abolir la maternidad, de negar en las leyes la existencia del padre y la madre como sucede en España, del hombre y la mujer, o querer obligar como persigue la nueva ley del tripartito catalán la abolición del concepto de padre y su substitución por la de progenitor en el código civil.

 

“Progenitor nuestro que estás en los cielos….”

 

FUENTE: ForumLibertas.

La Conferencia Internacional de Privacidad alerta sobre los riesgos de las redes sociales

Las autoridades de protección de datos de más de 37 países acaban de adoptar en Estrasburgo, en la 30ª Conferencia Internacional de Privacidad, una resolución que alerta sobre los riesgos potenciales de las redes sociales como Facebook, Tuenti, MySpace o Hi5. Aunque el documento no incluye medidas de cumplimiento obligatorio, sí da consejos para luchar contra el fraude de identidad o la difusión indiscriminada de datos personales.

La resolución adoptada recomienda a los usuarios de estas redes:

1. Plantearse qué datos personales publican en un perfil de red social; deben tener en cuenta que, posteriormente, pueden completarlos con información o fotografías, por ejemplo al buscar un empleo.

2. Los menores de edad no deberían revelar su domicilio ni su número de teléfono.

3. Los usuarios deberían plantearse la posibilidad de usar un pseudónimo cuando crean un perfil.

4. Hay que tener especial cuidado a la hora de publicar información de carácter personal relativa a otras personas (incluidas imágenes o fotografías etiquetadas) sin el consentimiento de dichas personas.

La resolución se muestra muy exigente con los proveedores de servicios de redes sociales. Les insta, en primer lugar, a informar a sus usuarios de forma transparente y abierta sobre el tratamiento de sus datos de carácter personal. Junto con ello, deben proporcionar “información fácil e inteligible sobre las posibles consecuencias de publicar datos de carácter personal en su perfil, así como acerca de los riesgos de seguridad y el posible acceso legal por parte de terceros”.

Otra exigencia impuesta a los proveedores por la resolución es el deber de “permitir que los usuarios cancelen su pertenencia a una red, eliminen su perfil y todo contenido o información que hayan publicado en la red social, de una manera sencilla”. Asimismo, les recomienda que adopten medidas eficaces para impedir las descargas en masa de datos de perfiles por parte de terceros.

FUENTE: Aceprensa.

Cómo Internet nos está cambiando

El auspicioso futuro con que se presenta el libro electrónico en la actual Feria de Francfort coincide con la irrupción de algunas de las voces más críticas hacia el tipo de conocimiento promovido por la cultura de Internet. Un comentado artículo en la prensa norteamericana que se pregunta “¿Está Google volviéndonos estúpidos?” y un reciente libro de Lee Siegel cuestionan una era que pretende escribirse con fantasmagóricas letras de plasma.

Un artículo de Nicholas Carr (“Is Google Making Us Stupid?”) publicado hace un par de meses en Atlantic Monthly se pregunta si la lectura on-line ha modificado la forma tradicional de abordar los textos. El nuevo tipo de lectura se caracteriza ahora por una rápida sucesión de ojeadas a titulares llamativos y a resúmenes cortos, en el orden fragmentario y disperso de una maraña de hipervínculos. Este hecho se presenta ya como una mutación de los mecanismos mentales y físicos adaptados durante siglos para la lectura.

El avezado lector que es Carr, antiguo editor ejecutivo de la Harvard Business Review, se basa sobre todo en una intuición salida de su propia experiencia: “No pienso del modo que solía hacerlo antes. Esto me resulta más evidente cuando leo. Sumergirme en un libro o en un largo artículo me resultaba generalmente fácil. Mi mente podía mantenerse poseída por la narración o por los giros del argumento y pasar horas recorriendo vastas extensiones de prosa. Pero éste ya no es el caso”.

Los síntomas del nuevo mal están descritos de forma casi clínica: “Ahora mi concentración comienza a dispersarse después de dos o tres páginas. Me inquieto, pierdo el hilo, comienzo a buscar cosas que hacer. Siento que mi cerebro va a la deriva, que tengo que arrastrarlo para que vuelva al texto. La lectura profunda que solía fluir con naturalidad se ha convertido en un combate”.

Falla la lectura profunda

Otros testimonios, como el del ganador del premio Pulitzer Leonard Pitts (comentando el artículo referido en su columna del Miami Herald) o el del patólogo Bruce Friedman, quien, acostumbrado a publicar un blog sobre temas médicos, dice no poder enfrentase ya a un texto del calibre de Guerra y Paz, validan esta apreciación de Carr. Pero ¿qué valoración debe hacerse de un cambio que el propio Carr no sabe calificar?

Se comprende que Carr haya titulado su escrito con una pregunta. Intenta, en sus razones, evitar las sombras apocalípticas que surgieron ante otras transformaciones importantes en la historia del ingenio humano: así, por ejemplo, recuerda el pesimismo de Sócrates, en el diálogo platónico Fedro, cuando ante la aparición de la escritura preveía que el conocimiento dejaría de ser una auténtica posesión del hombre y pasaría a serle algo externo y, por lo tanto, sin vida.

“Podéis ser escépticos acerca de mi propio escepticismo. Quizá los que desprecian a los críticos de Internet como luditas o nostálgicos demostrarán tener razón, y a partir de nuestras mentes hiperactivas, pertrechadas de datos, florecerá una edad dorada de descubrimientos intelectuales y de sabiduría universal”, concede el artículo de Carr, publicado después de todo en una de las revistas preferidas del progresismo norteamericano.

Lo cierto, para él, es que “en los tranquilos espacios despejados por la lectura sostenida y sin distracciones de un libro, o por cualquier otro acto de contemplación, podemos hacer nuestras propias asociaciones, trazar nuestras propias inferencias y analogías, adoptar nuestras propias ideas. El leer en profundidad es indistinguible del pensar en profundidad” –dice, apoyándose en las conclusiones de la psicóloga Maryanne Wolf, de la Tufts University, autora de una Historia y ciencia del cerebro lector–.

¿Mera cuestión de soporte?

La postura optimista parece prevalecer en los exámenes del informe PISA que la OCDE diseña para evaluar en lectura, matemáticas y ciencias a estudiantes de quince años en más de cincuenta países: en su próxima edición, estas pruebas tomarán en cuenta las habilidades para la lectura electrónica. Estados Unidos, que ha decidido no participar de la experiencia con el argumento de no sobrecargar a sus estudiantes, ha recibido la crítica de quienes reconocen a aquellas destrezas una importancia no menor que la de analizar un poema o una novela. “No se trata de excluir los libros –señala Donna Alvermann, profesora de Educación Lingüística y Literaria de la Universidad de Georgia–, pero éstos constituyen tan sólo una manera de relacionarse con la información en el mundo de hoy”.

No todos, sin embargo, reducen el problema a una mera cuestión de formas y presentaciones. Así, por ejemplo, el ganador del Premio Nacional de la Crítica de Estados Unidos en 2002, Lee Siegel, reputado como uno de los más inconformistas diseccionadores de la cultura actual, ha lanzado un libro titulado en español El mundo a través de una pantalla (1), menos explícito que el original Against the Machine. Siegel usa la palabra máquina en su sentido más literal, refiriéndose al ordenador con el que nos conectamos a la red como encarnación de las más sofisticadas formas de control.

Parodia también con su título la ambigüedad de un discurso que, en nombre del derecho a “acceder” y a “elegir”, brinda en realidad el más descerebrado colaboracionismo al sistema del que pretende desmarcarse. “El lenguaje de hacer dinero se ha identificado con el de la creatividad iconoclasta”, dice el autor, que en el revolucionario fashion-victim encomiado por David Brooks (el BoBo, o bourgeois bohemian, “burgués bohemio”) ve la representación más acabada del reblandecimiento de ideas propio del antiheroísmo posmoderno.

Aunque en su argumentación procura siempre tener en cuenta las razones que pueden oponérsele y colgarle el sambenito de inmovilista, en el agorero panorama pintado por Siegel hay, como en el caso de Carr, algo de O tempora, o mores!. El propio crítico admite que se acerca a la caricatura cuando retrata al usuario de la red y a sus hábitos como una especie de hikikomori, ese nuevo ejemplar de joven japonés que, para evadirse de la vorágine social, se reconcentra hasta el borde del autismo en la seguridad uterina de los videojuegos (cfr. Aceprensa 14-4-04). No es casual que Siegel haga una evocación de la Metrópolis de Fritz Lang para proyectar la imagen de ciberconectado mutismo en el que se va sumiendo la deshumanizada humanidad: “Internet –dice– es el primer entorno social al servicio de las necesidades del individuo aislado”.

El mundo a través de una pantalla

Describir un hábito por el abuso que se hace de él no parece ser la mejor forma de hacer honor a la justicia; sin embargo, una vez que como hábil ensayista Siegel va elaborando la trama de su exposición de modo quizá excesivamente misceláneo, pero con intención omnicomprensiva; una vez que lo que parece una descripción del mundo de Internet llevada hasta extremos delirantes se expresa con ejemplos vivos, de nuestro mismo día, y que nos resultan preocupantemente familiares, la caricatura se va convirtiendo en desfavorecedor retrato.

Lo fustigado por Siegel no es en modo alguno una simple tecnología: más bien, considera Internet como el epítome de la cultura de masas, un fenómeno que para Siegel no tiene ya tanto que ver con cosmovisiones, sino que se reduce a una estrategia comercial de dimensiones globales.. De hecho, El mundo a través de una pantalla vale la pena como guía de forasteros de los cibernegocios, por el repaso que hace Siegel de las “filosofías” (léase enfoques de marketing) que subyacen tras los más novedosos conceptos (léase productos) del universo on-line: desde el ya lejano Whole Earth Catalog (WELL) de Stewart Brand, hasta los campantes e-Bay, MySpace, Wikipedia, YouTube, Facebook, etc. Sin olvidar el lobby puramente doctrinario: Alvin Toffler y su teoría de la “Tercera Ola”, y La clave del éxito de Malcolm Gladwell.

Lo que descubre Siegel detrás de todo este discurso es la jibarización economicista: la ingeniería de sistemas sirve, en realidad, a los sistemas económicos, cuya “racionalidad”, expresada en la correspondiente jerga, valida y da sentido a todas las acciones humanas, incluyendo el ocio. Así, Internet no sólo crea la utopía de un mundo puesto al alcance de un clic y contenido en nuestra pantalla como las ciudades en miniatura que se encierran en bolas de cristal; sino que nos lo presenta esencialmente como un bien económico, viable o no en cuanto tal. Por eso, por ejemplo, la pornografía en la red cobra la apariencia de algo perfectamente ajustado a la racionalidad comercial propia del sistema.

Lo importante es dejarse ver

Esta “transvaloración”, que el crítico estadounidense denuncia sirviéndose del término acuñado por Nietzsche, tiene su expresión más acabada, según expone, en el concepto de “prosumidor” (neologismo que integra las palabras productor y consumidor), puesto en circulación hace algunas décadas por Toffler. El impulso que el boom de los blogs y de páginas como YouTube ha dado a la exposición indiscriminada de cualquier bien anteriormente circunscrito a la esfera de la vida privada, constituye para Siegel verdadera piedra de escándalo.

Lo que le subleva es la puerilidad de una cultura en la que se pretende que todo el monte es orégano, y en la que el derecho a pretenderlo se promueve como la conquista suprema. La cultura de la imagen ha despojado a la fama de su contenido ético y la ha vuelto estética, simplemente: lo importante es “salir”, dejarse ver. Porque el “prosumidor”, que consume los bienes de internet para exhibir su producto, sale resuelto, a falta de otro mejor, a ponerse a sí mismo en el escaparate virtual con la ilusión de que alguien lo descubra, esto es, lo compre. Cuál sea el valor de lo que tiene para ofrecer importa poco: el todo es que caiga en gracia; que logre desarrollar una personalidad viral, capaz de contagiarse violentamente a los demás (bella metáfora de la mercadotecnia virtual a partir de la pandemia del sida).

Actualizándolo con los ejemplos mencionados y con otros como el célebre reality-show de la televisión norteamericana American Idol (correlativo de nuestra Operación Triunfo, y versiones a su zaga), Siegel recoge el planteamiento hecho hace ya unos cuantos años por Christopher Lasch en La cultura del narcisismo. Al antiguo “todo vale” del relativismo tibio le ha sucedido un desvergonzado y audaz “todos valemos”, que ha encontrado en las páginas interactivas de la red algo así como el cambalache del tango, donde “todo es igual / nada es peor / lo mismo un burro / que un gran profesor”.

Resentimiento contra la autoridad

Desde luego, no es nuevo el tango: aunque Siegel intenta trazar una línea divisoria entre el tiempo de las vanguardias históricas y nuestra época (y así, por ejemplo, distingue entre cultura para las masas y cultura hecha por las masas), sus argumentos recuerdan voces que hace tiempo resuenan entre nosotros.

Entre ellas la de Ortega y Gasset, cuya célebre Rebelión de las masas caracterizaba ya al esnob: “siempre en disponibilidad para fingir ser cualquier cosa. Tiene sólo apetitos, cree que tiene sólo derechos y no cree que tiene obligaciones: es el hombre sin la nobleza que obliga –sine nobilitate–, snob”.

Descripción que se parece mucho a la que hace Siegel sobre las personas que “acaban repitiendo simplemente su derecho a ser lo que les gusta ser, una declaración incesante del yo que, a menudo, adquiere el estilo de burla o rabia dirigida contra las elites privilegiadas, las cuales son percibidas como un obstáculo en la tendencia mayoritaria”. El norteamericano, que reconoce un “resentimiento contra la autoridad” detrás de estas infantiles ansias de reclamar cuotas gratuitas de figuración, coincide en tal nomenclatura con otro crítico como Harold Bloom, reivindicador del canon literario.

No deja de ser preocupante que la visión de un crítico de la cultura actual coincida en tan gran medida con la que tenía un lúcido vigía como Ortega ante la perspectiva de los monstruosos engendros político-sociales que iban llevando al siglo XX por los derroteros que ahora sabemos. El colmo para Siegel es que nuestra época quiera gestarlos en nombre de la democracia: “¿Qué problema hay en que los privilegiados o las elites aprendan una habilidad o manifiesten una excelencia innata en un arte y además puedan vivir de ello? Es una poderosa manera para que la gente desfavorecida pueda saltar por encima de las barreras sociales. La democracia es lo que hace que tales transformaciones sean posibles”.

En cambio, lo que Siegel califica de “igualitarismo antidemocrático” es un recurso alienante para “permitir que la reivindicación más firme arrincone el talento más concienzudo”. El mundo a través de una pantalla viene a ser también una advertencia contra las maneras de abonar las modalidades posmodernas y descafeinadas del totalitarismo: “Paradójicamente, en su intento de ser iconoclastas y atacar a los grandes medios, los blogueros están favoreciendo a las fuerzas políticas y financieras que quieren tan sólo que los medios críticos y analíticos desaparezcan”.

Información vs. conocimiento

Con la difusión de nuevos soportes electrónicos para la lectura (como el Kindle de Amazon y el lector de Sony), que según una encuesta entre profesionales del negocio podrán superar al libro de papel en un lapso de diez años, las nuevas generaciones pertenecerán ya a una tradición textual caracterizada no por la fijeza, sino por la movilidad, la interacción con la imagen y el consumo instantáneo.

La era de las letras que aparecen y desaparecen es también la de la información, cuya dinámica impone no sólo los ritmos, sino los fines del leer y el horizonte de expectativas del lector. Se trata, pues, de una lectura que no está hecha para dejar poso, sino más bien para dejar paso: a otra que la desactualiza y que de inmediato será desactualizada por la siguiente.

Por esto Siegel distingue entre la transmisión del conocimiento y la de la mera información: “Uno desea tener conocimientos por sí mismo, no por querer saber lo mismo que los demás o porque quiera transmitirlo a otras personas. El conocimiento garantiza la independencia. En cambio, cuando nos informamos pensamos igual que todos los demás que están absorbiendo la misma información”.

Si las habilidades del lector de la era digital complementan a las del lector tradicional o las sustituyen, es algo que se sigue discutiendo. No son pocos los que sostienen que el correo electrónico y los blogs han recuperado para el texto un interés que le había arrebatado la televisión. Aunque Siegel se pregunta si todo lo que puede inventarse debe en efecto ser inventado, habrá que concluir con él mismo que “la tecnología es neutral y sin valía, no es inherentemente buena ni mala. Son los valores los que provocan que la tecnología sean una ayuda o un obstáculo para la vida humana”. Cómo se orienten las cosas dependerá de los criterios que se defiendan y de los objetivos que se quieran conseguir.

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NOTAS

(1) Lee Siegel, El mundo a través de una pantalla, Urano. Barcelona (2008). 188 págs. 15 . T.o.: Against the Machine. Traducción: Montserrat Vendrell Aragonés.

FUENTE: Xavier Reyes Matheus en Aceprensa.